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NUEVOS TEXTOS DISPONIBLES

 

* LA ÚLTIMA PLAGA BÍBLICA. Relato. Primer Premio en el V Certamen Literario "Leyendas y Relatos de la Axarquía", Ayuntamiento de Algarrobo, España, 2004

 

* BAILEMOS. Poesía (libro completo). Accésit Mejor Libro de Autor Comarcal. XIX Certamen Literario "Ciudad de Vélez-Málaga". Vélez-Málaga, España, 2004

 

* ANATOMÍA DE LA MELANCOLÍA. Poesía (libro completo). Accésit Mejor Libro de Autor Comarcal, Certamen Literario "Joaquín Lobato". Vélez-Málaga, España, 2008

* COITUS INTERRUPTUS. Relato. Del libro inédito "Ser feliz siempre es posible", 2009

* LA MIRADA DE AQUEL PEZ DE ENTONCES. Ensayo. Del libro "Libreta de Apuntes", 2004

"LA ÚLTIMA PLAGA BÍBLICA",

1er. Premio  V Certamen Literario "Leyendas y Relatos de la Axarquía", Ayunt. de Algarrobo, España, Mayo 2004

Todos, aunque fuera cuando niños, hemos soñado con encontrar un tesoro. Los resultados de tan universal fantasía  difieren naturalmente de acuerdo a las ambiciones –y las obsesiones- de cada cual. Así, el arqueólogo Schliemann se encontró en el Asia Menor con la inesperada Troya; el suizo Lanari  voló por los aires cuando intentaba  desenterrar el dudoso oro de los cinco reyes moros en la cueva de Rincón de la Victoria; otros declinaron el brillo y  la opulencia de zafiros y arcones persas a favor del brillo y la opulencia de una sólida casa y un coche de último modelo; y aún hay algunos a los que les basta con compartir los pasos insomnes del pirata Silver tras el frustrado Tesoro de la Isla de Stevenson.

Yo pertenecí  -decidida y resignadamente- a la última de estas categorías, hasta que el puro azar me reveló aquel tesoro que, no por poco lucrativo, dejó de ser –al menos- lo que motiva que escriba estos apuntes (y que algo me empuje a escribir, después de tantos años de apatía y soledad improductiva, no deja de merecer el calificativo de tesoro).

Para no ser abrumador con detalles: el 15 de setiembre de 1982, mientras sin respeto ninguno por la vetustez de aquellas ruinas demolía a mazazos un viejo cortijo cerca de Alcaucín con el objetivo de hacer unas reformas imprescindibles que me permitieran pasar allí algunos fines de semana (todavía no cundía el colérico conservacionismo de los tiempos actuales), un antiguo infolio emergió entre los cascotes que formaban uno de los muros. No existía entonces, acabo de decir, el radical sentimiento de que no sólo las piedras de Roma son sagradas; mucho menos, imagino, en aquellos lejanísimos años del cual el manuscrito da cuenta.  

Las páginas que aparecieron entre las piedras de aristas desgastadas y los cascotes de argamasa, fueron escritas hace mucho tiempo; más precisamente, en los albores del 900. A juzgar por su propio autor (si es que se trataba de un mero súbdito califal que reseñaba sus actos en una especie de memorias, y no de  un precoz novelista anterior a los libros de caballería que tanto agitaron el alma de Alonso Quijano), su nombre era Abdul Al-Quman, y provenía del norte de África siguiendo los pasos pioneros de Tariq el conquistador, aunque sus intenciones no eran guerreras sino contemplativas: llegó a estas tierras buscando la soledad y el aislamiento para así dedicar sus días al estudio del Corán. Abdul era un hombre amante de los libros y por sus manos habían pasado no sólo los principales textos de su tradición, sino más de una versión al árabe de antiguas historias contadas por griegos y romanos.

Al-Quman había desembarcado en la costa mediterránea con una expedición de las muchas que por entonces partían de Berbería para asentarse en las nuevas tierras que pausadamente invadían desde hacía casi doscientos años. Bajaron de un bajel de una sola vela frente a los restos de una pequeña aldea casi abandonada, a la que los escasos lugareños llamaban Arcos y que –según deduce nuestro protagonista- había sido notoriamente una villa romana antes de su colonización por los naturales y su posterior e irremediable ruina. Algunos de los viajeros se limitaron a pasar a degüello a los varones aldeanos (muy pocos, de todos modos) y llevarse esclavas a las mujeres. Pero otros, en lugar de dar por satisfechos los objetivos de la redada y poner proa hacia algún sitio con mejores botines,  prefirieron adentrarse tierra adentro, siguiendo primero el curso de un estrecho río al que abandonaron cuando empezó a trepar la sierra, y luego dirigiéndose, a paso lento y día tras día, hacia el interior de aquella tierra que alternaba enormes extensiones de campo donde apenas crecían pastos ralos, con espaciosos manchones de árboles de variadas especies y generosas vegas donde crecían los cañaverales.

La peripecia diaria que revelan los manuscritos hallados en el muro derruido del antiguo cortijo (sin duda, mucho antes la casa de Al-Quman), deriva en historias diversas, algunas de interés y otras mucho menos, y llega al fin al punto en que los expedicionarios, algo mermados, se establecen sobre una colina que domina un valle entre serranías dominado por la imponencia de ese cerro al que hoy llamamos La Maroma. Allí fundan un fortaleza de muros empinados donde cobijarse de los ataques eventuales de los naturales, aunque verdad es que –reconoce Al-Quman- hasta entonces los pueblos locales no habían demostrado ningún  interés por disputarles aquellos magros territorios.

Los berberiscos sueñan con convertir aquel enclave en un sitio que convocará la convivencia y el comercio. Nuestro protagonista trabaja junto a sus hermanos de raza para alzar las murallas y pisa el adobe con el que construir las habitaciones en donde han de vivir. Pero su deseo de soledad y meditación no son compatibles con tanto bullicio. 

Un viajero pasa un atardecer frente a la muralla y pide cobijo para pasar la noche. Abdul le cede su lecho, lo agasaja con infusión, y entabla con él una larga charla. Antes de que salga la luna, invita al hombre alrededor del fuego común y le incita a contar una historia que –según explica- el viajero le relató antes, entre la soledad de sus paredes. Cuenta entonces que viene viajando desde lejanos confines, dirigiéndose hacia el norte donde residen los reyes que profesan la religión cristiana que es la suya. Y que, aunque agotado por las muchas leguas caminadas ese día, temió en un primer momento pedir refugio en la fortaleza, no por miedo a que sus pobladores no admitiesen sus diferentes creencias, sino por una antiquísima historia que de aquellos parajes se contaba, y que movía al espanto a los más valientes.

Extrañados de que aquellas tierras tuvieran ya un pasado, ochenta árabes y sus jefes se arremolinan para oír el relato del caminante.

Faltaban todavía unos diez años (refiere entonces el anónimo peregrino), para que en Roma Constantino declarase la libertad de culto a favor de los católicos, cuando un obispo malagueño llamado Patricio emprendió camino hacia esas tierras situadas en las estribaciones de la sierra oriental. No era la primera vez que Patricio visitaba una orgullosa ciudad, de origen romano y próspera economía, que estaba situada cerca de donde el caudaloso Mainake recibe las aguas de un débil afluente.

“Salia –así la nombraba el obispo- es el único núcleo de mi Iglesia en donde no he podido conseguir ni una sola alma para Cristo”. El perseverante evangelizador no ignoraba que aquellos hombres no sólo continuaban profesando los cultos paganos, sino que se había venido desarrollando en aquella un creciente apego a la hechicería y otros “malos oficios”, quizás producto de la influencia de las tradiciones íberas con las que seguramente se habían mezclado en los cuatrocientos años pasados. Para colmo de pecados, corría el rumor de que la singular costumbre de las mujeres salias de orar durante muchas horas entre las tumbas de sus antepasados, no era más que una excusa para poner fuera de ojos indiscretos el desenfreno que adolecía entre sus piernas.

Patricio se hizo acompañar por tres o cuatro acólitos y su fiel diácono Crispo, y eligió como guía a un liberto recientemente convertido al cristianismo, muy conocedor de aquellos parajes interiores de la tierra malacitana. Oró entre sus fieles en Rubite y Canillas Azeytuno, se alimentó sin pudores en las fraternales comidas organizadas por las diaconisas de aquellas aldeas convertidas a la nueva religión, que en esos tiempos estaban autorizadas a oficiar el culto a falta de hombres. Erguido sobre el peñón grande de Canillas, con el Mare Nostrum en la distancia y la orgullosa Salia ya a la vista, pronunció un sermón admonitorio. Luego, él y sus hombres bajaron hacia la ciudad pagana.

No por voluntariosa, fue menos fracasada su incursión predicadora de la nueva fe. Ni una sola puerta se abrió a su agotada comitiva; ni un solo mendrugo premió sus buenas intenciones; ningún lecho se ofreció a su descanso. Hubieron de pasar la noche entre unas ruinas, comiendo de las provisiones que había hecho el buen Crispo. Y sólo la burla y las risas ofensivas acompañaron a sus espirituales y proféticas palabras, pronunciadas por la mañana en la plaza. Patricio, escarnecido, reunió a sus hombres y abandonó Salia no sin antes –dicen- hacer ostentosamente el signo de la cruz sobre aquellas casas y pronunciar secretas palabras en latín.  

El viajero hizo una pausa en su relato, dando a entender que la historia no terminaba todavía. Y en efecto, después que se aseguró de que la expectativa mantenía en vilo a sus oyentes, desgranó el resto. “No había terminado de caer el sol en Salia –contó- , cuando un hombre sentado en un pilón de la pequeña plaza, justo donde había estado el obispo esa mañana, dio un aullido y cayó inerte. Cuando alguien se acercó, pudo ver la serpiente de escamas oscuras y cabeza cuadrangular escabullirse bajo unas piedras: sus dos colmillos habían dejado huella mortal en la pantorrilla del caído. Esa noche fue de espanto para los salios: en cada rincón de las casas, desde el fondo de los pozos de agua, en las oscuras calles, las serpientes se multiplicaron. Se multiplicó también el número de emponzoñados, que no hacían tiempo ni a exhalar el último suspiro. Por la mañana, sin siquiera enterrar a sus muertos, los que habían logrado sobrevivir a la última plaga bíblica (así lo entendieron aquellos horrorizados hombres y mujeres) quemaron la ciudad y la abandonaron para siempre. La maldición de Patricio se había consumado”. Desde aquellos lejanos tiempos, aclaró el viajero,  ni siquiera los pastores permitían a sus rebaños pacer en aquellos campos malditos. 

Al amanecer, partió el peregrino en busca de las tierras cristianas del norte. Apenas unas horas más tarde, y después de una noche de conciliábulos presididos por la pavura, lo hicieron los musulmanes. En el desbande, no salvaron siquiera a muchas de las cabras que les daban leche y alimento. Sólo Abdul desistió de la módica diáspora, y explicó a sus hermanos de fe que su deseo era afrontar la maldición y morir, si era preciso, invocando la salvación eterna que el Corán reserva a los mártires.

A fiar de los manuscritos que heredé de modo tan impensable, la maldición no se cebó con Abdul Al-Quman, quien cumplió durante muchas décadas, acompañado sólo de un creciente rebaño de cabras, su deseo de dedicar a la meditación del Corán el resto de sus días. Algún tiempo después, aunque en sus escritos (realizados presumiblemente sobre el fin de su vida) no lo aclara, debe haber abandonado la solitaria fortaleza y construido su casa un poco más cerca del arroyo, donde yo la compré muchos siglos más tarde. En cuanto a la fortaleza abandonada, siguen en pie dos de sus orgullosas torres y los zócalos de algunos de sus muros. La historia de la plaga de ofidios que destruyó la primitiva Salia, es habitual en los relatos que los hombres de la tierra se cuentan de padres a hijos, aunque nunca nadie logró saber dónde se levantaba aquella promiscua ciudad de leyenda.

Lo que sí se regodea en recordar Al-Quman en su escrito, es cómo entre los muchos textos de su erudita juventud había llegado a sus manos una serie de documentos del Concilio de Ilíberis (hoy llamado Granada), incluyendo correspondencia en la que el obispo malagueño de entonces, llamado Patricio, apostrofaba el paganismo de Salia y declaraba su intención de catequizarla a toda costa. Lo que no menciona tampoco Abdul, es qué recompensa ofreció al misterioso caminante, por fabular de modo tan convincente la pavorosa historia que tantos siglos ha perdurado, y cuyos resultados inmediatos produjeron tan favorables efectos para nuestro ascético y solitario protagonista.

Entrega del premio, en el Ayuntamiento de Algarrobo

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"BAILEMOS",

Accésit Mejor Libro Autor Comarcal; XIX Certamen Literario "Ciudad de Vélez-Málaga",

Vélez-Málaga, España; Junio 2004

 

Hombre a la intemperie

  

PRIMERA PREGUNTA

 

Este instrumento que aprieto con tres dedos,

esto que sirve para sostener el tránsito de la patata

entre la hartura del plato y la ansiedad del hambre,

¿por qué se llama tenedor,

y no –por ejemplo-

(pues, la primera palabra que se te ocurra)?

 

Ingenuas preguntas de quien por vez primera

advierte que algo no encaja

en el paisaje que hasta ayer simplemente estuvo allí,

incuestionable,

asentado en el sólo peso de la evidencia,

firme sobre sus dos pies de aire

hasta que un soplo separó las palabras y las cosas.

  

 

 

ESA MANO 

 

Queda la mano, la mano descubierta con tardanza.

La mano atardecida.

agotada en gestos de ficción,

acobardada,

la mano sin protagonismo, mero acompañante.

La mano que ha mesado los cabellos

y recorrido cuerpos para que tiemble la sangre.

La que solo toca por costumbre,

o vanidad si acaso.

 

Ella, extremidad de mi brazo y de mi abrazo.

Nada sabe de arte sino el dedo que pasea bajo las letras,

instrumento.

Sabe mucho y no sabe:

que hay un mundo posible aletargado entre sus venas.

  

 

LAS PREGUNTAS DEL SAUCE 

 

El sauce /que han cortado/

alentaba entre el susurro de sus largas ramas

cimbreantes en el aire

el proyecto frustrado de yacer a orillas de un río.

 

Sauce venerable,  sauce llorón erguido en el patio,

como la ilustración de un gigante estremecido de barbas verdes

condenado a la sed de su pasión imposible por el cauce cristalino,

cercado por las centellas de luz que brotan entre las hojas filiformes.

Desarraigo de no poder amar nada de lo cercano,

disparos de húmeda inocencia sobre la gramilla fresca

del  sombreado ámbito donde río no hay.

 

Sólo la quietud del aire, allí donde estuvo el árbol

/que han cortado/

tiene en su lentitud de mimbre la razón secreta

de los vaticinios que la soledad esgrime.

Corazón de la tierra limitado por muros ajenos y propias raíces.

 

Corazón del aire limitado por muros ajenos y propias incertezas:

aquel adolescente que yació en siestas de verano bajo la sombra del sauce

 /que han cortado/.

Perseguidores del río, de su incesante corriente y sus orillas luminosas.

Un ir y venir por llanuras y desiertos,

escuálidos paisajes deslumbrados de  bisutería,

y la sed sin saciar. Hombre en movimiento,

árbol en quietud, iguales en el ansia.

 

 

 

 

EL DESIERTO

 

Quizá esté en el momento en que vivir es

errar en completa soledad al fondo de un

momento ilimitado, en que la luz

no cambia y todos los residuos se parecen

Samuel Beckett

 

En Sbá la muerte tiene un tono

que rueda al vacío desde arpegios convulsos,

un tono callado como el viento que modifica el

paisaje.

 

Sólo la muerte, sin embargo,

cambia algo. Ya no hay paisaje, no hay

punto de vista desde donde ejecutar la música.

 

Hasta tanto, sólo el viento:

feroz simún o la calma brisa de ciertas horas

y el sol de plomo sobre el ereg desierto.

Cuando cambia el paisaje:

aquí y allá crecen y se derrumban dunas estriadas

como el fantasmal vaivén de un mar en cámara lenta.

 

A veces, una caravana atraviesa la aridez

dejando leves huellas que se borran a su paso.

Los hombres se detienen, hacen fuego,

elevan las plegarias a sus dioses.

Al cabo, demasiado rápido, retorna el silencio.

 

El viento no corroe:

sólo mueve de aquí para allá las arenas gualdas,

como nieve de oro sibilante.

 

Hasta que el momento llega.

Sólo sabemos que por fin la música ha cesado.

Ignoramos si es apenas un compás vacío

detrás del cual se abre

simplemente

                       un nuevo paisaje inmóvil.              

  

 

 

DESCRIPCIÓN DE UN ATARDECER CON SILENCIO 

 

Encuentra sus manos esculpidas en arcilla

descansando sobre el viejo sillón

donde ella dejaba los muñecos

temerosos de la luz de la oscilante lámpara.

 

La sombra se acurruca como un perro

detrás del último reflejo

acobardado en el marco de la ventana.

 

Entonces, un cuchillo entra en el cuarto,

como el violín aquel

de la sexta sinfonía de Tchaicovsky.

  

 

EL PALO

 

A las seis tras una tenue

y disipada bruma que el viento

ha arrojado desde el mar,

de pronto,

sobre el enorme caserón de la fábrica antigua,

una sombra

rastrea con su palo recuerdos escondidos

entre las vigas heridas de aluminosis

y un esquirlado dibujo de cristales.

 

La vida, la que una vez hubo,

ha de estar en el umbrío rincón de aquellas ruinas.

 

Hurga el palo hasta lo hondo por recuperarla.

  

 

PILOTES SIN PUENTE 

 

Bajo el resplandor de oro,

el hombre dispara y dispara su revolver. Siente aquí, de este lado,

un tacto áspero y caliente que lo colma.

Ve allá, en la vaga nebulosa de la resolana,

un cuerpo doblarse y caer encima de la arena.

 

La cabeza del bañista, escurriendo gotas,

surge sobre la línea marrón del río.

La enorme claridad de un sol crepuscular que baja

se rompe en mil partículas sobre la superficie;

él ve por primera vez lo que siempre ha visto,

el desorden de la luz,

la instantánea dispersión de lo que hasta ayer creyó compacto.

 

No son un sueño las miradas,

ni ilusión el pálido color

donde transcurre el escenario de la vida.

Todo está allí, la realidad no cesa:

la arista delicada de una rosa,

el clamor del mar, los hijos, el rostro de tu amada.

Pero un muro de opacidad se nos opone

y un cristal desorganiza nuestras señas:

ya no sabemos si mar, si rosa, si el amor existe.

Como si un dios cruel nos hubiese condenado

a olvidar la forma de las cosas,

a transcurrir para siempre de este lado del deseo,

a ver vida, amor, fuegos y sombras

sin conocer jamás el porqué del argumento.

 

  

 

 

 

Del pasado efímero

 

 

 

HORA CERO 

 

Puede que sea un punto de partida:

nunca creí en la existencia de los padres.

Un padre es alguien que ocupa la silla de la cabecera

(cuando el televisor está apagado).

Un padre es alguien que lo ignora todo de las cosas.

Padre es quien funda

la tragedia irreparable de la vida:

tu familia.

Padre no hay ninguno:

es sólo una señal sobre la frente.

 

Puede que sea ese el principio del camino.

Después, un hombre se sienta

a contemplar su soledad por la ventana,

abrumado por la perfecta crueldad del universo.

Se palpa la camisa,

hace gestos al espejo.

Trata de ser cordial y ni siquiera puede.

 

El fantasma del rey Hamlet está donde todo empieza,

y siempre sospecharemos que Gertrudis

asoma detrás de cada asesinato.

  

 

 

LILAS PROSAICAS 

 

Una imagen, de repente, sobreviene:

allí, en el ángulo donde el piso de tierra

encuentra al encalado frontón

donde jugabas a la paleta con tu hermano:

allí están esas lilas,

asomando sus pétalos cálidos, pequeños,

por entre el ramillete apretado de hojas circulares.

 

Libres: crecidas de la humedad de los rincones,

como queriendo justificar con su existencia

el sol que llega hasta ese límite apenas en una  hora de la tarde.

Se siente su presencia, el tímido perfume

que solo te envuelve si te acercas,

cuando recoges la pelota

que de un mal brinco se escondiera entre los tallos.

 

Se siente al acercarse, pero no se impone:

practica la flor la delicadeza

de una discreta convivencia con tu patio,

como alguien que acude sólo cuando llamas,

y sin embargo está allí, dispuesto a darse.

 

¡Cómo bordan su tapiz nuestros recuerdos!

La imagen de una flor tan tenue y candorosa

asociada para siempre a unas pelotas saltarinas,

a una arista del patio casi siempre en sombras,

a un hermano que ya es un ser desconocido…

  

 

 

EL PATIO 

 

Patio del taller:

rincón entre malezas segadas por el aire;

territorio infantil de hierros oxidados

e imprecisas chatarras;

imperio del desorden, el azar y la sorpresa.

En el centro de la escena,

una higuera, majestuosa en su entresijo,

se levanta sobre la colina blanca

del polvo de carburo de las soldadoras.

 

Patio del taller:

aquel caño levemente arqueado en un extremo

debió ser parte del sólido taburete de una estancia;

no llegó a cumplir con su destino

y es hoy el fusil de William Cody.

La carreta a la que trepan esos dos niños

no llegó a hacer su trabajo en una terraza bulliciosa;

disfruta hoy –patas arriba- del privilegio

de ser arrastrada por dos corceles de mentira.

 

Patio del taller:

un olor agrio a limaduras, ozono y kerosene

viene desde el interior electrizando el aire,

mientras el ruido seco del pisón de una gran prensa

se acopla al chirriar de esmeriles y escofinas

y de las sierras que cortan hierro con silbido ronco.

 

Patio del taller:

la sombra de mi padre que se acerca,

con la grasa pegada al mameluco y la careta de soldar

recogida por sobre la frente sudorosa,

para decirnos  que ya está,

que ya es la hora.

Que mamá nos espera

                                       para la merienda.

 

  

 

 

GUITARRA 

 

Cuando el reloj nos marca

la latitud inédita del día tembloroso;

cuando se mira desde el centro

de nuestra obstinada soledad

escondida en el carnaval de la palabra,

aparece una guitarra como una mano

a alcanzarnos su boca suave de esperanzas.

 

Hemos podido tenderle una trampa a la tristeza.

  

 

 

ROSARIO, NOVIEMBRE DE 1972 

 

No se recuerda el anochecer

ni el jardín de rosas que descubría la mirada

imaginando un cielo bajo el río

Rosas para sus manos volcándose

y una patrulla metiendo miedo en los arrabales

Perón en hotel de Ezeiza custodiado

Un perro un diario un beso

no sé qué  imagen es real

 

ya no me acuerdo

 

  

 

 

VEDIA, 1973, REUNIÓN DE POETAS

 

Entonces sí que era joven y creía.

Cantábamos canciones “de protesta”

o citábamos a Neruda de corrido;

todavía el vino blanco era mejor que la cerveza.

 

Uno leía con ademán bronco

su poema cargado de reproches,

otro reía sobre el pecho generoso

de una mujer de larga pollera colorida

y un temblor de lejanía en la mirada.

Miguel, el de Junín,

me declaraba su amistad eterna;

y entre Susana y Rafael Alberto

celebraban los chistes memorables de Santoro.

Carlos, taciturno, intentaba en una esquina

seguir con el bombo

la zamba triste que Victoria rasgueaba en la guitarra.

 

Al poco rato ya estaba enamorado

de una muchacha empinada en zuecos blancos;

la música discurría entre cigarros

y cantamos a coro las canciones de Viglietti.

Eramos entonces apóstoles de luz,

soberbios, virginales,

dispuestos a salvar al mundo con palabras;

no hubo reloj, sensatez, sana mesura:

estábamos todos borrachos de esperanza.

 

Fue una noche de verano y la otra noche

no se había cernido aun sobre nosotros,

sobre todos nosotros los poetas del compromiso,

los que queríamos la palabra con silbido de bala

 

(la otra bala, la que se alojaría

en algunos de estos cuerpos pretenciosos,

esperaba su momento agazapada,

custodiada por aquellos

en cuyas bocas el diccionario es corto)

  

 

 

 

EL PEZ POR LA BOCA MUERE 

 

He sido el hombre poco feliz,

el del sol a pedazos

y el mar astillado en la penumbra de las piedras.

El pez escurridizo navegando entre dos aguas

con una mano en el pecho

y la otra en el suelo, sin puños:

el hombre que ha sido feliz y no sabe cuándo.

 

He partido a surcos la vida

detrás de almenadas defensas,

horizontes oblicuos al deseo,

oscuras esquinas del barrio de Villa Crespo.

 

¿Quién podrá jurar que me he de salvar

por la palabra?

Aún más:

¿qué editor recopilará los libros que no he escrito?

¿quién recordará las palabras que no he dicho?

¿quién habrá –este día lejano del que hablo-

para cantar la música que no compuse?

 

Se llega a este meridiano

asediado de despojos y resaca:

no habrá vino capaz de hacer silencio,

no habrá estilo que erigir,

eras de fuego,

ideologías sensuales de la excusa.

 

  

 

MI PRIMO ERA UN GIGANTE VESTIDO DE BLANCO 

 

¿No existe acaso -en la noche silenciosa-

un agujero azul por donde comienzan los caminos hacia el mundo?

Sueño más alto aun que todo lo que se ha escrito:

ver el mar allende las colinas

y un arrebujo de nieve en la cima de los picos solitarios.

 

Así es como empieza la fiebre:

pensamos en conocer lugares

con extraños nombres como Ekland o Miranao.

Sitios como los rincones más secretos

del cuerpo de una mujer que amamos

con el furor del amor que solo guarda un hombre joven.

 

Pueblos pequeños encalados como gemas blancas en los cerros;

mares inmensos que agotan los más rudos corazones;

auroras amarillas suspendidas en la quietud de una laguna;

noches de lujuria y alcohol al pie de rascacielos:

¿qué hay en el mundo que no esté ya en nuestros sueños?

 

Pero no basta:

somos héroes antiguos necesitados de aventura,

vestigios de algún nómade pasado,

argonautas eternamente insatisfechos.

Un atardecer subimos en silencio a un tren sin pasaje de retorno

y el presente nos devela apenas detenidos,

pasajeros en estaciones donde

esperamos sólo algún cambio de vías.

 

 

 

 

THE END 

 

Al cabo,

todo termina igual que en las viejas películas:

con el misterio resuelto y la palabra FIN.

Es de aquellos, no obstante,

que nunca salen de la sala hasta que se encienden del todo las luces:

entonces se frota los ojos como un chico

sin terminar de creer que no hubo más cosa

que figuras fijadas por la química de una emulsión.

 

Ahora volverá a su trabajo:

levantar los muros de una casa sin puertas ni ventanas

para pagar antiguas deudas que ya no recuerda.

¿Fue acaso alguna vez aquel caballo de crines verdes

que pintó en la adolescencia

una mujer de manos grandes y sueños desbocados?

¿O apenas el pabilo indeciso

de una lámpara seca que gastó su aceite en desvaríos?

 

Trenes irán y volverán por las vías muertas

y él estará en la estación vacía,

el cuerpo replegado a la espera de la próxima señal.

Pero ahora la película acabó

y no queda otra cosa por hacer que dejar ordenadamente el cine.

 

Mientras los créditos pasan con música de jazz,

se arropa en la esperanza de que el azar

filme un día la continuación de la historia;

aunque ya se sabe

(piensa)

que segundas partes nunca fueron buenas.

 

  

 

 

 

Imagen de pretéritos amores

 

  

 

MUCHACHA RUBIA 

 

Eras vos cruzando agosto,

acunada en la sombra de tu joven sonrisa entristecida.

Yo te miraba ir, como al acecho,

y soñaba despierto con tus brazos

extendiéndose a lo largo de mi alma.

Chispas de luz saltaban de tu pelo

hasta incrustarse en lo hondo de mi sangre:

qué placer, muchacha rubia,

verte pasar indolente en mi ventana.

 

Nada ocurrió. Solo el goce del momento en que pasabas,

solo el latir fragoroso de mis venas,

solo el súbito resplandor de tu silencio

que inundaba de sentido la mañana.

Nada ocurrió. Nunca hubo el anhelado roce de los cuerpos

ni la mutua entrega que pronto desvanece,

ni la pasión feroz que el tiempo domestica.

No hubo ocasión para el reproche y el lamento,

para odiar por fin la rutina crepuscular de tu presencia.

 

Nada. Solamente eras vos cruzando agosto,

muerta de frío, nimbada de belleza;

y era yo acechando tu mirada

para soñar despierto con un amor perpetuo

que al final ha llegado incorruptible en el recuerdo.

 

 

 

 

GRACIELA 

 

Era la hora en que la tarde se desliza

con tules rosados, contraluz de árboles raquíticos.

Un silencio se prolonga en la silueta

de la mujer que se mueve lenta

sobre el borde impreciso de la piscina.

 

Luego

sonará la canción que pronto habré perdido,

como se pierde la ilusión,

como el amor se pierde.

¿Amor? Destellos de endorfina al

cobijo de la primavera.

 

Ella dejó la piscina, entró

y la canción sonaba,

un acento extranjero

(el del cantante),

voz de bajo:

“Quizás no supe hablar

cuando debí...”

 

  

 

 

 

COMO ERA EN UN PRINCIPIO 

 

Bajo los párpados

la libertad se inventa

como un barrilete trepando el filo

de los edificios.

 

Edificios de piedra dura,

la vida.

 

Es poco lo que queda,

casi nada,

al caer las pesas y las mentiras.

Por las astucias del polvo

medimos lo que hemos dado:

el amor, las palabras,

manos, cuerpos sostenidos por el frío,

los errores temibles,

soportar la tristeza.

 

Aprieta los ojos hasta que se hieran;

duerme.

   

 

 

ESCENA EVOCADA POR UN VERSO

DE JAIME GIL DE BIEDMA 

 

Y ahora siento el frío de la noche

y unas luces altas en la Avenida Alberdi

de una ciudad lejana llamada Rosario.

 

Son sólo las seis de la mañana

-hoy sería muy tarde (el tiempo

y el viento pueden cambiar tantas cosas)-

la aurora aún no asoma y el río se presiente

cuando yo regreso con la sombra de un amor a cuestas.

Un amor así,

tan enorme que no es capaz siquiera de esperar un taxi.

Hay un reloj gigantesco que ilumina

un cruce de caminos en la torre de correos

(o tal vez solo es la virtud de un escenógrafo tardío)

y voy sobre mis pasos como quizás nunca más lo haga.

 

¿Puede ser acaso que una noche como ésta,

posible sólo con una pasión tan fuerte,

no sea más que el golpe involuntario

de una palabra en un poema ajeno?

¿Cómo ignorar –mejor sería ignorarlo-

que aquel amor no fue otra cosa

que el capricho fugaz de una noche solitaria y olvidada?

 

  

 

 

SOLO UN HUECO EN EL VIENTO 

 

No hay una palabra que signifique ausencia;

todo está dicho y tal vez

baste hurgar una flor caída,

la manzana cuya muerte pesa sobre las hojas,

batir de alas de un pájaro que se oculta.

No hay más señal que la que se tragará el tiempo,

una imagen fugaz,

el olor del mar sobre los arrecifes.

 

Te irás,

y será solo un hueco en el viento,

un gusto a nada,

un sereno vuelo de palabras tentando lo indecible.

 

  

 

 

KRISHA, 2:30 

 

Les mots

humo sobreviviente del tiempo de tocar sin queja

El viento barre las hojas que amontonaba la ilusión

como un trazo que otra orilla señaló para borrar la existencia de mi orilla

la que no existe

 

Vive,

que las palabras no me tapen la piel

y el dibujo asustado del deseo huya como una rata acobardada por el aburrimiento

mientras duerme la mujer que inútilmente tanteo en el aire

la que amontona sobre un escenario vacío las hojas que habrá de barrer el viento de otra orilla

no la mía         no la suya          alguna otra

 

Vive,

que las palabras no me tapen las orillas

ni me permitan olvidar que del otro lado de tu cuerpo

el sol medita explotar en lo mejor de un picnic de familias

 

 

  

 

ALGO MÁS SOBRE EL AMOR Y LA MUERTE 

 

Hay que ver que una mujer tiene por costumbre la ausencia,

tener en cuenta sus manos,

agigantándose como muros,

saber que repetidamente su sexo está habitado por fauces sin sueño que sueñan con habitar

             el horizonte que sueña con ser el hábito de su sexo,

 

y morir es apenas una circunstancia lamentable.

 

Hay que ver que el día tiene por costumbre la muerte,

admitir que es un pestañeo de suicida entre dos cruces,

el estallido de un pájaro

aferrado a los designios de esta historia de ficciones que pesa menos que una libélula

               sobre el Mar de los Sargazos,

más en la piel que el silencio de Dios que ha callado desde el principio de los tiempos,

 

y amar es apenas una circunstancia pasajera.

 

  

 

HILO DE ARIADNA 

 

Una mujer enrieda nuestra fe como una araña

y nos envía a vencer al Minotauro

 

Luego, con el mismo hilo

que desenredó la pasión del laberinto

fabrica hacendosa un cobertor para la cama

 

Tarde sabemos que en el monstruo fabuloso

hemos matado nuestra última utopía

y he aquí que hemos llegado:

dulces padres de familia

 

  

 

 

PASIONES PERSONALES 

 

mi vida colgada del alambre de la ropa

mi vida expuesta para nadie en un balcón-terraza

 

la ciudad con hormigas, con lunares de colores

la ciudad con ventanas, con macetas, con la muerte acechando

 

mi vida asesinada con balas de fogueo

mi vida y el calor y una botella de cerveza

 

de pronto, un pájaro entró en el cuarto solitario:

nocturno pájaro de compañía sobre un mueble

 

así, cuando se fue, me acordé de dos mujeres

y de algunas otras historias sin sentido

 

se desvanece un telón lento

sobre el recuerdo de pasiones personales

 

vetas de vida que la noche constantemente modifica

 

 

  

Trayectoria de la luz

 

 

 

 PRIMERA LUZ 

 

Cómo vuelve uno al espacio de la luz primera?

Al abrigo de qué temblores?

Con qué palabras interrogar al limonero,

qué preguntas hacer a la calle polvorienta

tras la pasarela oxidada que cruza rieles muertos,

donde una vez recogíamos chapitas de bebidas

caídas de unos trenes que viajaban hasta el infinito?

 

Hoy, que un cercado abandono de pastizales crecidos

ocupa el lugar de la antigua fábrica

donde se agotaban los sueños de tu padre,

y ni siquiera el aire conserva la huella

de las sábanas secándose en el fondo de los patios,

una desesperanza indolora asume

el desafío de aceptar lo inaceptable:

                                                que el viento tiene prisa.

Y sin embargo, allí mismo, esta mañana,

sobre la rama de un frondoso paraíso

has visto repetirse el laborioso nido del hornero,

espejo del tiempo que pasa

y que no

pasa.

Porque también es cierto que fue allí mismo

donde la libertad del gorrión encontró su excusa,

y allí donde empezaron a morir los grandes ademanes

con que espantabas vanamente las moscas de la tarde.

 

No tiembla ya el resplandor de la luz primera:

sólo un espejismo que obliga diariamente

a volver atrás ansioso la mirada

sin haber sabido al fin si has sido príncipe o mendigo.

 

 

 

NUNCA SUPE EL NOMBRE DE LOS ARBOLES

 

Hoy que he disfrutado la luz

del almendro rosado en las colinas,

compruebo qué penoso es para un poeta

no haber sabido nunca el nombre de los árboles.

 

Daba pesar no poder imaginarme

“un olmo seco, hendido por el rayo”,

los álamos dorados de Granada

o con Serrat, ver llover

“sobre los chopos medio deshojados”.

Del roble,

sólo su hoja estrellada en la bandera canadiense;

y el acebo, unos adornos navideños

colgando en el vano de las puertas.

Enebros, flamboyanes y alcornoques,

apenas exóticas palabras extranjeras;

y del alerce un prestigio literario sin imagen.

 

Por más que lo intentaba,

nunca supe el nombre de los árboles:

sólo el paraíso frondoso

de frutas como canicas venenosas,

el raquítico limonero de mi patio,

el vulgar y mastodóntico eucalipto;

presencias

que custodian el recuerdo de mi infancia.

¿Cómo escribir –pensaba entonces-

sin poder nombrar el arce y la magnolia?

 

Pues he aquí, presente, el resultado:

ciegas palabras

de las que ya el aire no extraerá un frutal aroma,

una baya luminosa,

un verdor resplandeciendo en primavera.

 

 

 

AUTORRETRATO DEL POETA SIN PIANO

 

pero casi siempre se toca para los borrachos,

para la noche, para la manera con que uno se

juzga y se perdona, para todo lo que queda

no sin cantar, sino sin grabar.

William Mathews

 

Yo hubiese querido ser pianista.

Fui, en cambio,

viajador incesante, idólatra de pasiones inmediatas,

teórico y poeta del fracaso,

empedernido padre.

Saben ustedes sin embargo el placer de dejarse ir sobre un teclado,

pero no como quien muere sino, al contrario,

como quién se entrega?

Quien se entrega aún sordo y puede oír las vibraciones de sí mismo?

 

Es como estar en la calle solo -a las tres de la mañana-

y hallar un cuerpo de mujer dispuesto a darse,

no por paga ninguna, y sin tal vez amor tampoco,

por la mera solidaridad de los que van solos por la vida

Han sentido en las sienes el plañir de una cuerda sin sordina?

 

El mar en su lento bamboleo

se ha llevado paisajes con tenues figuras que evanescen,

el mar,

como resaca de algas muertas que lame un perro solitario

apenas devuelve recuerdos de cosas que quizás no fueron.

Y dónde están aquellas ganas de partir el mundo

hasta sacarle el último jugo, hasta encontrar la semilla más oculta?

Siempre tienes a la mano un retorno,

eso se sabe:

fugar como Gauguin hacia un horizonte impreciso;

pero también está Gauguin a la mano para la frase remanida

y de tanto ejemplo ya no sirve para nada,

sólo unos cuadros coloridos para el exótico gusto de coleccionistas millonarios.

Y de lo que se trata, no sé si entienden,

es simplemente de tocar el piano,

sin otra pretensión, sin éxito a la vista,

el perfecto placer de lo que no sirve para nada.

 

Cuando voy por allí y me miro en los espejos,

en los cristales opacos de los coches,

veo la imagen de un poeta sin piano,

la caricatura de alguien que ha sido de todo menos lo que quiso.

Pero es triste mendigar por sucedáneos,

y aunque las palabras hayan aprendido música en mis manos

nunca me sueño escribiendo,

y en los sueños los teclados me persiguen.

 

Por qué entonces he sido lo que he sido

y no pianista? Alguien lo sabe?

Yo podría esbozar una vanidad de teorías,

podría discurrir por amores encontrados

y rescatar de mi vida ciertas explosiones no tan vanas.

En verdad, lo único que cabe es preguntarse:

cuál fue el momento en que empecé a no serlo?

Vaya pregunta: como querer asir la luna en el fondo de un aljibe.

 

Nel mezzo del camin, a fin de cuentas,

debo reconocer que no soy único tampoco en esto:

algo de lo que quise ser fue estrangulado por la vida.

Pero qué es la vida sino lo que nos falta,

resaca del mar que lame en la playa aquel perro solitario?

 

 

 

GODOT 

 

La caña del pescador

se tiende como una esperanza hacia el mar.

Su débil apariencia cimbrea igual que un asta

inexplicable.

Nadie ve el hilo tenso sobre las ondas,

solo el pescador aguarda:

él puede ver lo invisible y espera.

Ya habrá el débil tirón,

el súbito arquearse de la caña,

el vértice superior acercándose a las olas

en una sed que no podrá saciarse.

 

Pero en esta marina repetida

no debe olvidarse que es posible

que la línea no encuentre resistencia:

que su alerta tensión permanezca sin respuesta,

que apenas el aire incesante pulse su nota monocorde.

 

  

 

LÍMITES 

 

I

Hay un hueco en el cuadro del mar que no se llena:

nunca la ola se fundirá en la orilla.

Hay una grieta en la pared que no se cierra:

las telarañas sólo están para engañar la vista.

Hay una espuma banal entre las piedras

y la escollera jamás resolverá la dimensión del horizonte.

 

Hay un espacio imposible entre el deseo y la palabra:

ni silencio ni grito habrán de desatarme.

 

 

II

Pudo haber sido el mar

- la ventana estaba abierta –

pero era solamente una pared color pizarra.

Un sol oblicuo

registró los perfiles de la grieta

- pudo haber sido una orilla –

 

Asomado,

metió la vida en la grieta

 

lentamente

 

  

 

 

EINSTEIN 

 

La hoja se bambolea al juego del aire,

luz, sombra,

luz, sombra,

el viento la mece.

Sobre la hoja avanza trabajosa la araña de patas

finas:

un solo camino recto traza sobre las nervaduras.

Luz, sombra,

luz, sombra,

entra y sale de ellas

al compás isócrono de su posadura.

 

¿Quién sabe cuál es la verdad de todo esto:

el tenaz empecinamiento de la araña,

la hoja mecida al viento,

la cerca y tras de ella el paisaje luminoso

donde el árbol es apenas un detalle indiferente?

Entrega de Premios en Poesía, junio de 2004

 

 

 

 

"ANATOMÍA DE LA MELANCOLÍA"

Premio Accésit Mejor Libro Comarcal, Certamen "Joaquín Lobato", Vélez-Málaga, 2008

 

Los caracteres que la distinguen de la demencia son el temor y la tristeza 

ROBERT BURTON, tratado médico del  siglo XVII

 

 

Primer movimiento:

MEDIDO

 

 

MITOLOGÍAS DE LA MEMORIA

 

Acaso alguien te espera

tejiendo y destejiendo la esperanza,

pero tú ya has partido, y esta tarde

-cuando se aquieta la luz sobre las olas-

has vuelto a comprender que no hay más Itaca

que la del generoso poema de Kavafis.

 

¿Y dónde –entonces- ese territorio luminoso

en que la raíz horadase la llanura

para cimentar una feraz mitología

capaz de conservar su savia en estos frutos?

¿Qué patriarca de tus sueños

enmascarado en el filo traidor de las palabras?

¿Cuál signo de pasión, cuál trazo en el aire?

 

No aguardes más el engañoso día

en que habrás de reconstruir

-aunque sea en el recuerdo-

la fugaz visión del paraíso:

no hubo serpiente ni espada flamígera ninguna,

eras tú mismo quien eligió saltar hacia el abismo.

 

No he de ser yo –dadlo por seguro- como Orfeo,

que al volver la mirada hacia su amada

la condenó al mundo de las sombras,

ni la mujer de Lot, por dar el rostro a su pasado

en estatua de sal momificada.

Más aún, quizás no haya sabido ni siquiera

guardar -como Teseo precavido-

un hilo de amor para desandar el laberinto.

 

 

 

INSOMNIO

 

Indagar la huella borrada sobre la granza de la plaza,

el espejismo de un portal oscuro

donde la urgencia disfrazó de amor el deseo.

 

Esto es –al fin de cuentas-

lo que cantaban los vates de antaño:

la medular memoria que atraviesa el reloj

confundiendo la noche con el alba,

haciendo del azar un descubrimiento sorprendente,

buscando en los rostros que pasan a tu lado

otros rostros anclados en el poso de tu vida.

 

Tu vida… ¡qué manera pretenciosa

de mencionar a tantas vidas!

/escuálidos fragmentos/

dispersión de soledades, de riquezas y de truenos.

 

Solo en la foto trucada del recuerdo

queda el testimonio

de horas felices cuya luz que se antoja transparente

conviene ser siempre sospechosa de traiciones.

 

  

 

 

 

CIGÜEÑAS Y AMAPOLAS

 

Aquellas noches en el invierno:

la ducha caliente y la camiseta de frisa,

su suave tacto

sobre la piel recién salida de la aspereza de las toallas.

 

La cena en la cama:

el olor de las hojas de eucalipto

hirviendo sobre la estufa.

 

Y la aventura de unas palabras

que me acercaban historias de aves y de flores

que no crecían en mi patio,

que no anidaban en el campanario de la iglesia.

 

Ah, qué vuelo de cigüeñas

batiendo lentas alas

sobre los tejados de pizarra.

Ah, los ensangrentados manchones

de la adormidera coloreando los campos ,

y el opio de los viejos marineros chinos.

 

Cigüeñas y amapolas:

imágenes de imposible referencia

en aquellas mis noches

de libros enigmáticos y

camisetas templadas al calor de la estufa de kerosene.

 

Entonces sólo eran vastos,

prolongados territorios de la fantasía

(y mi hermano disputándome

los besos de mi madre,

que por cierto,

no los prodigaba en demasía).

 

  

 

 

A UNA NIÑA EN PRIMAVERA

 

Éranse mis manos plegando

una hoja de papel satinado,

el sutil doblez que obedece

la perentoria tarea de los dedos.

 

Su mirada tendida a la claridad

de la mañana que inundaba la ventana,

el perfil acechando el vuelo

de un pájaro que surca los cristales.

 

(en la clase,

treinta alborotadores en guardapolvo blanco

ejercitan sus diversos entusiasmos

al abrigo de la vista perezosa

de una maestra de Manualidades)

 

Qué pobreza de ofrenda,

en aquella cegadora luz de primavera:

no el pájaro que surcaba la ventana,

apenas un pájaro de papel plegado supe darle.

 

  

 

 

LA LEY DE LA SELVA

 

Es la ley de la vida,

decía.

Y apuraba el vaso antes de quedarse solo.

 

Decía:

es la ley de la vida.

Hundía sus manos en tinajas de sospecha,

luego las aventuras se iban retirando

y como un ciego se servía de todas las mesas.

 

Acechaba el paso de la mujer ajena,

mostraba las espaldas a menudo

y a veces, en vez de llorar,

derramaba sonrisas como el personaje de una película inglesa.

Es –decía- la ley de la vida.

 

Honduras de la zoología,

este avatar que por detrás alguien impone.

  

  

 

 

CUERPO VELADO

 

La luz dorada que se filtra entre los listones de madera.

El aura de luz que nimba los listones de la persiana veneciana.

El breve chorro luminoso que chispea en las aristas de la cama.

El chorro de luz reflejado que se agolpa en la mano que cuelga al borde de la cama.

Las hebras de luz que se confunden en la cobriza mata de tu pelo.

La prolija alternancia de luz y sombra que fabrica listones

rayando la dorada superficie de tu cuerpo desnudo,

la mata cobriza de tu pelo,

tu mano que cuelga al borde de la cama.

 

La perentoria llamada de esa persiana veneciana

que arrastra en sus imprevistos listones de sombra

la luz incierta de una mañana silenciosa,

de una cama revuelta por los ritos del amor,

de un cuerpo dormido que hace tiempo sólo ocupa sitio en la memoria.

 

  

 

 

HIDRA DE LERMA

 

Qué fatigado destino

ser al tiempo uno mismo y más de uno.

Cuál habrá sido el dios tan impiadoso

que me condenó a esta multiplicidad sin esperanza.

Nunca he sabido –en tanta vida-

discernir cuál de mis rostros

merece ejercer la primacía del deseo,

cuál es el que me ofrece el vértigo acuciante,

cuál el perverso que me da el recuerdo,

cuál el sabor sereno del olvido.

Qué dolor tan atroz

ser al tiempo uno mismo y más de uno.

 

Ahora heme aquí frente al desierto.

Vanamente he ofrecido

al filo de la daga de los otros

las múltiples cabezas que me cercan:

aunque el tajo duele y es profundo

sé que no llegará la herida redentora,

que una y otra vez veré  azorado

renacer cada uno de mis sueños.

 

Al fin, solo me queda la certeza

de que algún día una espada incierta

cortará al unísono,

de un solo golpe,

los más de uno que soy

 

y a mí mismo.

 

 

 

PRESENCIAS

 

De pronto, sin ningún motivo suficiente

destacan en la luz mortecina esas presencias

que impunemente han permanecido sobre los muebles:

un reloj de manecillas quebradas,

el lomo de unos libros opacados por la humedad,

un poster que despliega un poema de Neruda.

 

Alguien posa su mirada en estos débiles objetos

y apenas el ritmo de una respiración pausada

se interpone entre la soledad y su inmóvil insolencia.

 

A las dos, todo ha terminado:

la lluvia hace un cálido murmullo

sobre el techo de cinc de la pensión

y alguien apaga la luz

echando en la sombra la sombra de mujeres queridas

que son un reloj de manecillas quebradas,

el lomo de unos libros

y un viejo poster  colgado en la pared.

 

 

 

 

FOTOS DE LA DERROTA

 

La memoria, con un golpe de traiciones,

reconstruye la cicatriz en un segundo,

la marca ciega de un viejo navegante solitario.

 

El desierto es un castillo con almenas vigiladas.

 

Un jarro con rosas compradas en la esquina

para ocupar esas manos que ya no vuelan hacia él.

Una foto gastada que delata el silencio.

Una lámpara temblorosa que alguien olvidó en una hostería abandonada.

 

Contra la nuca,

golpea el horizonte su valija vacía.

 

  

 

 

ZONCERAS

 

En un día que aún no tiene memoria

mi hijo de tres años está leyendo –acaso-

un poema que en este momento alguien escribe.

 

Puedo ver su frente atenta en quizá qué verso

deslumbrando la verdad que un verbo ilumina.

Puedo ver –es un deseo-

el silencio donde la cadencia se derrumba

de poemas pequeños y burilados como gemas,

la frase violenta como un golpe de cuchillo,

el galimatías sin respuesta que desenterró sus anclas,

la línea trazada en el aire por la mano muerta del Capitán Garfio.

 

Todo ha de tener algún sentido en la cuerda absurda del futuro,

y aunque tú sepas que el sentido es sólo nuestro invento

bien vale la pena imaginarse

que será tu hijo quien leerá estas cuatro zonceras,

que algún otro tonto como tú y yo

creerá descubrir cierta luz inasible en las palabras.

 

 

 

 

REFUGIADO

 

La valla imponderable que divide

el mar abierto y el territorio del deseo.

 

La rama fatigada del sauce

que no llega a rozar el fluir de la corriente.

 

La mano que persigue una imagen reflejada

que la yema de un dedo disuelve al tocar el agua.

 

La simetría delicada de un patio con soportales

donde la fuente de alabastro se ha secado.

 

Pero no os equivoquéis: el amor no ha muerto.

Acurrucado está, como el diamante del rocío refugiado

en el fondo transparente de los sueños.

 

 

  

 

CONTRA EL SIMPLE HEROÍSMO COTIDIANO

 

Y mira tú si la muerte me pilla

sin haber estrenado el nuevo amor que espero,

sin haber vuelto a pulsar el piano que perdí,

sin haber escrito el libro que deseo.

 

Acosado meridiano de la vida:

ya hay tanta ansiedad hacia atrás como adelante

y el estilete oscuro ya no es sólo una romántica fantasía.

¿Hora –tal vez-

de aceptar el pequeño heroísmo cotidiano?

¿Hora de medir los gestos, cancelar las utopías,

asumir la mezquina sabiduría de lo familiar y conocido?

 

Cada cual elige su momento para dar el gran combate

y sin ejércitos elijo ser el héroe:

volveré a amar,

tocaré otra vez mi piano,

terminaré ese libro interminable,

aunque en algún recodo la muerte me interrumpa.

 

 

 

 

 

LA RAÍZ

                        

                                Si pierdo la memoria, qué pureza

                                                    PERE GIMFERRER

 

No llegaré –pues, claro- al punto

de negar la trunca presencia

del sauce llorón volcándose en el patio,

la camiseta de frisa calentándose en la estufa,

de la guerra inocente entre chatarras

y el tazón de Toddy en la cima de la tarde.

 

¿Busca ese ejercicio trivial de la memoria

-sin embargo-

extender la espesura raigal hacia lo infinito

de una profundidad que presume el agua de la vida?

 

¿O no es más que otra ficción soñada

-esas que ayudan a cargar con el peso de los días-

mientras las piernas agotan los paisajes

que a cada derrotero nos impone la mirada?

 

No hay regreso a ninguna edad de oro

porque edad de oro nunca la hubo:

sólo pálidas imágenes revestidas de deseo,

turbias excusas para demorar la luz que ciega

y nos deja desnudos ante el mundo.

 

Si pierdo las raíces, qué pureza…

 

  

 

Interludio:

CUADERNOS DEL CAMINO 

 

  

 

RIO DE JANEIRO

 

La espuma blanca sobre la ola verde

-circonita efervescente engarzada en esmeralda-

fluye y refluye mas no como la sangre:

huye del ritmo febril sístole-diástole

y exhibe su vibrante azar de asincronía.

 

Sobre la arena fina, azúcar impalpable,

cien boquetillos sorprendentes por donde respiran los bivalvos

(como los dos hemisferios del cerebro,

abren el hueco para que respiren los recuerdos).

 

La luz rebota en la móvil arista de las olas

y en la resolana se difumina el Corcovado

y el monstruoso Cristo sobre el Pan de Azúcar.

 

En la noche, el carnaval enfebrecido,

lujo entre dos muros,

y fuera de ellos la explosión de la vida desatada.

 

Tanta belleza que se nos echa encima, sin embargo,

no oculta las favelas y sus laberintos de miseria

expuestos sin pudor al desgaire de los cerros

desde donde descienden cada tarde los niños de la calle.

 

¿Y cómo aquí, donde la alegría en cada rincón acude,

es que la vida vale menos que un centavo?
¿O quizás es que la alegría reside –cruelmente-

en colegir que la muerte

nunca fija el horario del encuentro?

 

 

 

VENECIA

 

¿Debería devolverme la memoria

las bizantinas cúpulas de San Marcos,

torres y campanarios entrevistos en la bruma

como un vasto óleo pintado desde el Lido,

o el contraluz pálido que nimba

el puente sobre el Gran Canal?

 

Sin embargo la mirada, escurridiza, ha fijado otras emociones:

la pátina mugrienta en unos bajos roídos por las aguas,

el alféizar sombrío en un recodo,

la pila antigua con tapa de chapón

que unos operarios desinfectaban en la película de Visconti,

la capota de cuero cuarteado de una góndola que flota

en un canal angosto por donde no navega nadie.

 

Y resulta que es un vicio imperdonable

que el recuerdo desbroce en la belleza

tantos pueriles detalles que traicionan el conjunto.

Dicen –o decían- por allí que la poesía es otra cosa.

  

 

 

 

PLAZA REAL

 

Jugué a las escondidas con mi hijo

en una plaza donde la historia nos miraba.

Un rey ecuestre inmóvil en su bronce

vigila insomne a Daniel tras las palmeras

y a su azorado padre bebiendo una cerveza

mientras simula que el chiquilín es invisible.

 

¿Dónde esconderse? – preocupa al hijo.

¿De qué esconderse? – medita el padre.

Ambos tienen sus motivos para eso, y está claro

que a pesar de treinta y cinco años de distancia

el juego no es distante a ninguno de ellos.

 

Alrededor un bullicio de sillas que se mueven,

jolgorio de camisetas coloridas

y el brillo subrepticio de los charcos

de una lluvia fugaz de primavera en Barcelona.

Alguien toca la flauta ritmando el tintineo de los vasos,

y en medio de la ciudad hasta ayer desconocida

aquel padre piensa en qué poco vale la muerte,

aunque sea en París con aguacero

(y en la extraña circunstancia

de que los poetas no hablen nunca de sus hijos).

 

El niño grita, el padre goza.

En el aire hay un aliento de jazmines

y ruido de torpes taconazos en la piedra.

Pasos sin dirección, gente sin rumbo:

no hay a esa hora deber ni caridad que les impongan,

y ni el policía ensombrecido en la recova

diluye el placer vago de la aventura y la cerveza.

 

Un día así merece ser contado,

para qué más puede servir la poesía.

 

Y claro que es mentira –desafío al que lo diga-

que esa hora feliz que he disfrutado

no es más que un lento acercamiento hacia la muerte.

Es mentira, de verdad,

tiene que serlo.

 

  

 

 

BRUJAS, CIUDAD DE MUÑECAS

 

En la ciudad detenida en el tiempo

todo denota delicado equilibrio:

una vocación de verticalidad que se delata en las fachadas,

las altas torres elevadas sin desmedro de su robusta apostura,

calles flanqueadas por frisos con aristas almenadas,

los palacios de ladrillo de perfecta arquitectura.

Es un placer dejar estarse la vista en los balcones

y en los recargados alféizares de gótico tardío.

La claridad opaca de la tarde se agosta entre canales

-arterias paralelas cruzadas por el arco de  los puentes-

que remansan en los parques que rodean la muralla.

En los floridos muelles, las barcas atracan junto a parasoles

de tonos suaves que resguardan la tranquilidad de los turistas.

La vida transcurre aquí sin estridencias, bajo la serena belleza

de una estampa flamenca de otro siglo.

 

En la ciudad suspendida en el aire

todo denota la sólida presencia

de aquella burguesía enriquecida a fuerza de paños y patíbulos,

tiempo perfecto de belleza medida, de arte e injusticia.

Las bicicletas ruedan los pavimentos de adoquín,

rústicos carteles de hojalata penden de los soportes

y asombrados visitantes se pierden en las calles quietas,

en la perfecta armonía de su geometría de maqueta.

 

¿Cómo admitir que no fueron ni el poder ni la riqueza

quienes guardaron para nuestros ojos esta ciudad de muñecas,

sino la arena y el fango pacientes que cegaron sus puertos

y alejaron del mar su confiada soberbia?

No fue la orgullosa ostentación de sus patricios

sino el Vesubio mortal quien convirtió a Pompeya en paraíso de turistas:

así, también la derrota de flotas y banqueros

no tuvo más vencedor que unas marismas: ironía sutil de la naturaleza.

 

Por eso todo se reviste aquí de irrealidad, de impalpable escenografía.

Al rescoldo del último resplandor del cielo,

oigo sobrecogido un concierto de carillones

desde lo alto del erguido campanario de la Plaza del Mercado.

 

 

 

 

COLINA DEL PALATINO

 

… ruina es solamente la traza de algo humano

vencido y luego vencedor del paso del tiempo

MARÍA ZAMBRANO

 

No suenan aquí los altivos orgullos

de timbales y pífanos aclamando al imperio,

no trae su imagen el fasto y la gloria:

es la derrota en los brazos del tiempo

la señal inequívoca que estas piedras proclaman.

No hubo pasado: todo está en unos libros

que cuentan historias feroces, biografías de sueño

con hombres de humo y mujeres de seda,

un fragor de batallas

y el rumor del agua dando alivio al sediento.

 

Aquí, en este patio entre columnas,

pisó la hierba la planta de Livia o de Tiberio

¿y dónde están sus huellas?

Allí, en donde crece indiferente el pasto,

caballos y cuadrigas enfebrecieron multitudes

¿y dónde suena el retumbar de su galope?

El ocaso incesante es el testimonio de estas ruinas,

la muerte de todo lo que fue,

de todo lo que ansió ser trascendente.

 

Sin embargo, un temblor palpita tras los muros caídos,

entre mármoles talados,

en las grietas sombrías de la piedra,

y emite entre susurros un mensaje secreto:

es allí, en lo que el tiempo no ha vencido

donde reside el poderoso viento de la vida,

oráculo espectral de sólida techumbre

que nos devuelve a la luz de la esperanza,

al ciclo infinito de los renacimientos.

 

Sobre la esbelta silueta del capitel corintio:

la paloma.

 

 

 

 

LLUEVE EN SAN PEDRO DE COLALAO

 

Aventura de nieve horizontal en el verano,

se abrió esta mañana en dos, como hendida

por el magnético filo de los ojos

la silvestre nube de pirpintos.

 

La mirada fija el espacio y sus límites:

y allá al fondo, la montaña.

 

Ahora avanza lenta, como un dragón perezoso,

la lluvia que siempre sigue al vuelo de las mariposas.

Como gasa opaca se despliega sobre el horizonte

y gana terreno con un rumor que huele a pasto verde.

 

Es la mirada, igual, quien diseña las medidas

de aquel espectáculo que se acerca clamoroso:

quien divide la luz de la tormenta,

quien calcula –el corazón batiendo- el tiempo que falta para el encuentro.

No ha podido el observador separar su ansia, su esperanza,

de la elemental naturaleza que se cierne,

y es conciencia fatal su manía irremediable

de ordenar el tiempo y la razón del movimiento.

 

Pero es un relámpago de amor, en la frescura que se hace de repente,

recibir entre los ojos que se cierran,

la descarga de mil flechas fugaces y ligeras

hasta que muy pronto ríos brillantes corren por el cuello

en aquella epifanía de un verano tucumano.

 

 

 

 Segundo Movimiento:

DESMEDIDO

 

 

 

 OSTRANANIE

 

arrojo una botella detrás de mi cabeza

(en mi cabeza hay dos pilotes sin puente)

cierro los ojos al brillo de una lámpara que titila en el viento

me sirvo un vaso de vino sin hielo

el papel blanco el papel blanco el papel

el papel de idiota que hago frente a la mesa

toco una tijera con la punta de los dedos

sigo tirando más poemas al canasto

 

estoy oyendo un disco de Pink Floyd casi rayado

el mundo no sé dónde está el mundo

habrá que terminarlo

 

  

 

 

VINCENT

 

Me pregunto si vale la pena

escribir sobre Van Gogh.

Dicen que después de Artaud

ya nada queda por decir

(sin embargo, luego ha dicho también

sus cosas Prevert, etcétera, etcétera).

                          O sea:

se ha dicho demasiado ya sobre Van Gogh.

 

Hoy no escuchamos ya

la música que él escucharía

y en cuanto a sus cuadros, son muy caros.

Yo ignoro, particularmente,

si en Arles sigue habiendo campos amarillos

o las urbanizaciones se levantan contra el cielo.

Usaríamos –creo-

otra marca de revolver para morir

(la técnica armamentística ha avanzado mucho desde entonces)

 

Sin embargo, vean ustedes:

digo:

           no me gustan los poetas que se esfuerzan por ser prolijos,

estoy harto de este mundo de comercios y banqueros

(tampoco los proletarios, he de admitirlo, son los míos)

y ¿no veo a veces los cuervos por las noches?

Vean ustedes:

pienso:

Jacobo Fijman sí fue un héroe verdadero

luchando piel a piel con su locura.

 

Pienso, luego existo

y todos los demás están locos,

 

el mundo está encerrado en una esquina.

 

Al final, como siempre,

 he hablado sobre mí y no sobre Van Gogh.

Pero después de todo

qué obligación tengo

de ser un buen poeta.

 

  

 

 

 

ANÓNIMO VENADENSE

 

                                                    Acaso es un producto de la melancolía

                                                               la labor del orfebre 

                                                                                JENARO TALENS

 

¿Acaso no es más

que la urdimbre tejida por un sueño,

el tapiz conjurado

                                por una sombra que ríe,

el discurso de un loco

(Shakespeare y Faulkner unidos en un verso)

o la audaz filigrana del deseo?

 

Construímos la vida sobre andamios,

erguidos

                en la luz

                                 del vacío,

                                     vacíos

               como lucernas

de viento,

en el temor, en la tristeza, en la melancolía subidos.

 

¿Quién dirige los pasos

que no sea la muerte?

¿Quién fabrica el pasado

que no sea la sed

                               de erigir un castillo

de naipes en el aire?
¿Quién dispone los versos

de modo que todo parezca

la delicada labor del taumaturgo?

 

¿Y todo para qué?

Más me hubiera valido congelarme en el instante

en que Beatriz

                        posó en mi labio el suyo

                                                                 -apenas roce sorprendido-

antes de doblar la esquina de Belgrano y Rivadavia.

 

 

  

HOMBRES DE LA HISTORIA

 

Aquellos que muero contento

hemos batido al enemigo

o los que viva la patria aunque yo perezca

crecieron tanto

fue tan desmesurada su estatura

que se alzaron en las páginas

de Grosso y de Levene

patinaron con un dibujo de las invasiones inglesas

donde soldados esforzados

arrastraban cañones entre el barro

y se rompieron la crisma con la puntas de las eles

 

 

 

 ATROCIDADES

 

                                  La violencia es la partera de la Historia

                                                                    CARLOS MARX

 

A la hora de pensar,

pienso en una escena del bando de los buenos:

una iglesia románica en no se qué pueblo de España

y en el atrio,

desclavados como siniestros barcos con las cuadernas vencidas,

ataúdes abiertos donde los huesos de monjas y sacristanes

se calcinan al sol de agosto después de siglos de sombra.

 

Es una foto que he visto hace años en un libro,

en blanco y negro, donde la atrocidad resume contraluces.

Esto lo han hecho aquellos hombres

que por un mundo de justicia jugaban su pellejo.

 

En la cima del monte de los dioses

se alza sombría la silueta del patíbulo:

cruz, horca, garrote vil, tecnología.

Una nube de tormenta domina el cuadro,

(fotografía sin color, esta vez imaginaria,

enfocada a la manera del miliciano aquel

que muere en la famosa foto de Robert Capa

-hoy sabemos que trucada, tan trucada quizás

como un Nazareno que reparte perdón desde el madero-)

En el ángulo interior hay varias sombras

que asoman apenas sus cabezas:

hombres, tal vez, que guardan la máquina asesina

con la burocrática serenidad de los sin culpa.

Discuten de ascensos o juegan a los dados.

Sus negros perfiles contribuyen a hacer más artística la escena.

 

La ejecución será por la mañana.

 

Por la noche,

otros hombres o los mismos van de juerga

con una partera puta

que gusta de fotografiarse con cualquiera.

 

  

 

 

LA VIDA ES SUEÑO

 

allí, sobre el tapiz informe

de un opaco recinto misterioso:

la realidad acecha,

el bullir de los cuerpos,

                                      turbia

cortina de agua que deforma los colores

 

todo cercenar, todo un

amputar puños aún calientes,

pechos dispuestos para la pasión,

cabelleras de ceniza

 

el cuerpo se proyecta hacia la luz

y halla a su paso torbellinos de silencio,

húmedas cárceles en sombra,

impenetrables aristas,

                                     grietas viscosas

donde teje la araña su baba transparente

 

y los otros, dónde habitan?

qué hendidura feroz ha separado

lo que nunca debió ser separado

pues la huida de la mirada ajena

anula de un tajo el propio cuerpo?

 

vana ilusión de irrealidad

que se abruma en la evidencia del dolor y la tristeza:

clama el príncipe, el poeta:

que los sueños, sueños son

 

(pero la vida es otra cosa)

 

 

 

 

  LA FELICIDAD

 

Y el amor,

irónica sonrisa de un adolescente lejano

que no ha querido dejar de ser.

Un adolescente dispuesto a recibir la muerte

-como la Antígona de Jean Anouilh-

solo por creer que la felicidad no es

simplemente la vida,

 

un palito que se roe sentado en la vereda.

 

 

 

EXARMONÍA

 

Estoy comprometido con la desmesura,

como traman alianzas las mesas con las botellas

en bares ocultos donde el cielo es de cartón,

en inviernos con mujeres y bufandas solitarias,

carcajeándome de la noche

y de los poemas armados como grandiosas catedrales.

 

(Mi mujer con los brazos desnudos vale mi mejor poesía,

la palabra más exacta de mi vida.

vale mil cuadros de firmas famosas

y ni qué hablar de estrepitosos emporios comerciales.

Mi mujer vale dos botellas vacías,

ocho pianos,

varios mundos hechos con retazos de la madrugada.

Ya se que tanto no vale una mujer,

pero es mi mujer con los brazos desnudos

de la que hablo).

 

Vengan entonces a reírse de mí los espíritus selectos,

las alucinadas bestias mágicas,

mis amigos, las guitarras numerosas,

los poemas secretos,

                                     diversos agujeros,

que al final me quedo yo solo con la vida.

 

(Un poema es un número perfecto:

un hombre al desgarrarse

le destroza a tirones la armonía)

Mi hijo Daniel recibe el Premio en mi nombre en Julio de 2008

 

 

COITUS INTERRUPTUS

(del libro "Ser feliz siempre es posible", 2009, Inédito)

 

 

 No sé por qué Moscú.

No sé qué fue lo que nos llevó, a Graciela –mi mujer- y a mí, a planear aquel viaje de una semana, para escapar del aburrimiento habitual con el que pasábamos últimamente los veranos en nuestro pueblito italiano con vistas panorámicas al Mediterráneo. El hecho es que allí estábamos, con un perfecto y total desconocimiento de algo más que no fueran las tópicas imágenes de la Plaza del Kremlin. Un taxi nos llevó del aeropuerto hasta un hotel. No habíamos hecho ningún tipo de reserva, motivo por el que, con seguridad, el taxista había sido el elector de nuestro alojamiento. Fue Graciela la que se encargó de las previsibles negociaciones, entendiéndose con el hombre, supongo, en inglés, ya que de ruso ninguno de los dos sabíamos más que la palabra “niet”.

El hotel era una casona del siglo XIX, recuperada con gusto, sobria y elegante, aunque tal vez un poco alejada del centro. El precio no nos pareció excesivo, así que retiramos del maletero del coche nuestro módico equipaje, y tomamos un cuarto para cinco días.

El recepcionista nos señaló nuestra habitación, y extendió hacia mí dos llaves sujetas con una argolla de la que pendía también una pequeña placa plástica con el número.  Graciela, siempre atenta a ese tipo de previsiones, recogió del mostrador una tarjeta del hotel, con el nombre y el teléfono. Subimos y nos arrojamos en la cama, sin deshacerla. En otros tiempos –pensé entonces- nos hubiésemos desnudado rápidamente, dispuestos a hacer el amor: había sido siempre como un rito de iniciación de cada nueva ciudad que conocíamos. En otros tiempos. Ahora estábamos cansados por el largo viaje y solamente dejamos distribuidos los turnos para la ducha, antes de quedarnos dormidos.

Cuando salimos atardecía. Graciela propuso que iniciásemos nuestra estadía con una buena cena y luego –quizás- una recorrida por la cara moderna de la ciudad. Un nuevo taxi nos llevó al centro y después de recorrer algunas calles nos metimos en un restaurante. Pedimos carne y vino francés –muy caro- y  ella encendió un cigarrillo (yo no fumo) mientras esperábamos a que nos sirvieran.

Una mujer estaba sentada en la barra, y hablaba lentamente con el barman mientras cruzaba y descruzaba las piernas en un taburete de patas metálicas. Tenía pantalones muy ajustados y una blusa con escote generoso que ofrecía unos pechos en bandeja. Discretamente, pero sin dejar lugar a dudas, me miraba provocativamente. Yo me dejaba provocar con la misma discreción y la mismísima decisión. Mi mujer, entretanto, hablaba de su consultorio dental (era dentista; en el pueblo en el que vivíamos tenía una consulta que no iba mal). Absurdamente, nos habíamos conocido en un consultorio similar, pero en Buenos Aires. Yo desesperaba por una tardía muela del juicio y ella estaba de turno en la clínica. Después nos seguimos viendo: en un café primero y muy pronto en departamentos, hoteles, todo sitio en donde cupiera una pasión que nos desbordaba hasta el agotamiento. Hacía tiempo. Después, quién sabe cuánto tiempo después, habíamos salido de Buenos Aires para instalarnos en Italia.

Cuando la mujer de la barra bajó de su taburete y se dirigió a los lavabos, no sin antes echarme otra mirada, no pude mantener la calma. Aseguré a Graciela que necesitaba ir al baño antes de que trajesen la comida, y me lancé tras ella. No la hubiese alcanzado si ella misma no hubiese ralentizado el paso hasta detenerse antes de atravesar la puerta vaivén, donde el pasillo de acceso a los lavabos ocultaba ya la vista del salón comedor. No había nadie más que nosotros dos: ella sonrió complaciente y esperó. Me eché sobre su cuerpo recostado contra la pared y nos besamos y acariciamos con ferocidad. Pensé en introducirla conmigo al baño de hombres, pero comprendí que no podía hacerlo: mucho menos con mi mujer esperando en el comedor. Me miró con más curiosidad que ironía cuando me aparté y entre al baño sólo. Cuando volví a la mesa, estaba de nuevo sentada en la barra, balanceando las piernas y mirando para otro lado, indiferente. Ya tenía la carne en mi plato y el camarero había llenado de vino francés las copas hasta la mitad.

 

Aunque habíamos dormido un rato entre la llegada al hotel y la obligada ducha, la comida y el vino –habíamos terminado por pedir otra botella- me devolvieron el cansancio del largo viaje. Quizás lo mejor hubiese sido volver al hotel a dormir hasta la mañana siguiente. Tanteé distraídamente el bolsillo derecho del pantalón, donde había amontonado las llaves: las que me habían dado en el hotel, y las de nuestra casa italiana que cargaba también por mera costumbre. Pero Graciela quería aprovechar mejor la noche, y sugirió que entrásemos en alguna discoteca: tenía curiosidad de ver cómo era una discoteca en aquel país que durante tanto tiempo había permanecido de espaldas a la frivolidad del occidente capitalista.

Resultó ser un enorme espacio diáfano pero interrumpido por pistas a diferentes niveles de altura, con pasarelas y barandas protectoras, sectores reservados para largos asientos acodados entre sí, varias barras para reponer la bebida, un entrecruzamiento de luces de colores y sombras móviles, y un sonido ensordecedor de músicas machacantes. Mientras buscábamos un sitio para sentarnos, después de agenciarnos dos gin tonic en la barra, advertí que en un rincón oscuro una muchacha se masturbaba ostensiblemente, sin disimulo. Metía dos dedos en la entrepierna y me miraba desafiante. Comprendí que en ese momento sólo yo la veía. Graciela quiso bailar, pero por algún  motivo que se me escapaba yo había perdido el humor necesario para ello. Me quedé sentado, mientras ella iba hasta la barra a buscar otra vuelta de bebidas.

La chica era morena, llevaba en la mano derecha un vaso alargado, lleno a medias de alguna bebida que el vaivén de sombras y luces coloridas no permitía identificar. Las piernas, descubiertas por debajo de una falda muy corta, se alargaban sobre zapatos de aguja que hacían todavía más notoria su esbeltez. Apenas un top de gasa le cubría el torso, transparentando la sombra negra del sostén velando apenas unos pechos que invitaban al mordisco. Llegó hasta donde yo, ensimismado, bebía con la nariz perdida en el filo de la copa y sin pedir permiso ni mediar más que una ancha sonrisa cómplice, se sentó a mi lado. Espontáneamente, como si hubiese estado esperando aquel momento, incliné la cabeza y la recosté contra sus hombros desnudos, contra su piel de manzana.

Cuando vi a Graciela acercarse entre la muchedumbre que se agolpaba en la pista, sentí un ramalazo de fastidio pero al mismo tiempo todo mi cuerpo se envaró como en estado de alerta y se separó algunos centímetros de aquella piel deliciosa que hasta un segundo antes había estado deseando. La chica captó de inmediato el asunto, pero no hizo ningún ademán de abandonar su sitio. Simplemente permaneció allí, indiferente, mientras mi mujer se iba acercando a la escena. Graciela tuvo un  gesto de sobresalto, de sorpresa desconcertada; pero se sobrepuso de inmediato, conteniendo su impulso inicial tan bien como sabía hacerlo siempre, y siguió actuando como si nada le hubiese despertado siquiera recelo alguno. Miró, eso sí, a la muchacha con una mezcla de orgullo y desprecio, expresión muy propia de ella cuando intenta demostrar –y demostrarse- que está ante alguien cuya presencia ni siquiera merece la pena ser tomada en cuenta.

Después, sin inmutarse, preguntó por un folleto de los que habíamos recogido en el vestíbulo del hotel; hacía referencia a unos edificios en ruinas conservados desde épocas mongoles, en las cercanías de algún municipio vecino, y mientras leíamos  toda la información turística que teníamos a mano, antes de la ducha, habíamos pensando que quizás merecía la pena visitarlos. Ahora ella quería que aprovechásemos la mañana, que no tardaría en llegar, para ir hasta el pueblo aquel. Propuso  ir directamente desde la discoteca hasta la estación de trenes, desayunar y tomar el primer tren que se dirigiera allí. Pero para eso quería el dichoso folleto que yo, naturalmente, había dejado en el hotel. Fastidiada, me conminó a esperarla cinco minutos más tarde en la puerta del local, mientras preguntaba en la barra cómo llegar hasta la estación ferroviaria. Después, volvió las espaldas sin más gestos y se perdió nuevamente entre los cada vez menos agolpados bailarines.

Apenas hubo desaparecido me volví hacia la chica que seguía allí, sin haber cambiado de postura ni de gestos. Aferrando con una mano uno de sus hombros desnudos, y pasando el otro brazo por detrás de su cabeza, actué sin más indecisión: fue un largo y profundo beso en la boca que ella correspondió con la misma intensidad, fue un resplandor de goce compartido que restalló con la fuerza de una tormenta. Después separé mi cuerpo del suyo, me puse de pie, le revolví el pelo paternalmente y me alejé en busca de mi mujer que me esperaba en la puerta, para comenzar un viaje hacia unas ruinas mongoles en un pueblito que no sabía cómo se llamaba ni dónde estaba.

 

Resultó que las ruinas estaban en un municipio a no más de cincuenta kilómetros, al que se llegaba en un tren que antes de allí paraba en cuatro pueblitos más. Intenté convencer a Graciela de que regresáramos al hotel a buscar el folleto informativo, y de paso durmiésemos algunas horas; pero cuando Graciela concibe un objetivo, no hay quien la aparte de su capricho. Subiríamos al primer tren, que por feliz coincidencia salía en apenas veinticinco minutos, y si hacíamos tiempo recogeríamos información en la propia oficina turística de la estación –que todavía no había abierto a esa hora-. Lentamente la noche había ido dando paso a la claridad nebulosa del alba, y nos sentamos en la mesa de madera de un café para que el desayuno nos devolviese la vitalidad. Involuntariamente, llevé la mano al bolsillo y comprobé la existencia de un amasijo de llaves: la del hotel, solitaria y atada a una pequeña placa de aluminio; y el racimo variado de llaves que abrían las puertas de nuestra vida de todos los días.

Reconfortados por el aroma del café nos dirigimos luego al vagón, que estaba estacionado en un andén algunos metros más allá del sitio donde nos encontrábamos. En el camino, Graciela descubrió que la oficina turística comenzaba a abrir sus puertas.

- Voy a buscar información sobre las ruinas – decidió apresuradamente-. Andá buscando asiento en el tren y yo enseguida te alcanzo.

Contradecirla no hubiera servido para nada. Hice lo que dijo: mientras ella, medio a la carrera, se alejó en dirección de la oficina, yo continué cruzando galerías hasta llegar al andén donde esperaba nuestro tren. Subí, elegí un asiento doble y me senté a esperar. En unos breves minutos, el vagón se llenó de rostros silenciosos, gente agitada pero entredormida todavía, el perfil habitual del que se dirige temprano por la mañana a su trabajo. Graciela todavía no llegaba.

Empecé a preocuparme en algunos minutos más. El vagón ya rebosaba de viajeros y muchos de ellos colgaban como reses fofas de las agarraderas del techo, así que seguir reservando el asiento de Graciela se había convertido en una tarea insostenible. Sonó el pitido del guarda y el tren ejecutó su primer espasmo, arrastrado por la locomotora. Miré desesperadamente por la ventanilla pero Graciela no aparecía. Me hice paso todo lo rápido que pude hacia la puerta del vagón. Pero cuando llegué, después de evitar trabajosamente a la masa humana que se esparcía por todas partes, era demasiado tarde: el tren ya se deslizaba sobre las vías a una velocidad suficiente como para que ni se me cruzara por la cabeza la idea de tirarme. Mi mujer se había quedado abajo, quizás enfrascada todavía en la obsesiva  búsqueda de su folleto en la oficina de información, ignorante de que su tren había partido. Y yo iba camino a un sitio que –era lo único que sabía- albergaba unas ruinas mongoles de siglos pretéritos, y adonde estaba siendo conducido sólo por el deseo de Graciela.

 

 

Bajé en la primera parada. Desde que descubrí que mi mujer y yo habíamos quedado sorpresivamente separados en un país del que no conocíamos ni siquiera el idioma, libradas nuestras posibilidades de encuentro a las diversas –aunque no infinitas- posibilidades del azar, comencé a elucubrar cuál sería el mejor movimiento posible para que ese azar se pusiera al menos en movimiento. Tenía, desde luego, la posibilidad de continuar hasta Urzale (así se llamaba el pueblo en cuyo entorno estaban esas ruinas que pretendíamos visitar), y esperar en la misma estación para ver si Graciela –intuyendo esa solución- optaba por tomar el siguiente tren. No tenía idea de cuál podía ser la frecuencia de los viajes, pero estaba dispuesto a esperar todo el tiempo que hiciera falta. Ambos teníamos dinero, de modo que en ese sentido no habría problemas. Pero ¿y si ella hubiese optado por lo contrario, es decir, quedarse en la estación central de Moscú –que era un sitio que al menos ya conocíamos- con la expectativa de que yo diese media vuelta y regresara al punto de partida? Al fin de cuentas, siempre quedaba la última instancia de volver, cada uno por su lado, al hotel y reencontrarnos allí. Parecía la opción más razonable, así que finalmente me decidí por ella y cuando el tren se detuvo en la siguiente estación me apeé y esperé un momento, indeciso, hasta que volvió a partir tomando velocidad entre resoplidos. Me dirigí hacia la taquilla de la estación, recordándome que no sabía una palabra de ruso.

Rubia, de tez blanca pero resplandeciente, grandes ojos de un celeste que desde hacía mucho no veía en unas pupilas humanas, la muchacha que atendía la caseta se dispuso a esperar mi solicitud. Era una chica pequeña, delgada sin ser flaca, con una presencia leve pero contundente. La pequeña estación estaba vacía, y un gato deambulaba entre los andenes. Los primeros intentos fueron patéticos: no me fue difícil hacerle entender que quería regresar a Moscú, pero otra cosa era enterarme a qué hora pasaba el próximo tren de regreso. Ella parecía haberme entendido, pero la respuesta era incomprensible. Ví rápidamente que perdía la paciencia, hasta que lo intenté en mi frágil inglés y ella –en un inglés tan frágil como el mío- fue esparciendo palabras hasta que por fin logramos un entendimiento: al parecer, regresar a Moscú no era tan sencillo, a pesar de que estaba a unos pocos kilómetros: el único tren seguro pasaba recién por la noche. Había otro algunos días, alrededor del mediodía, pero no tenía una periodicidad fija: parece que lo habilitaban de acuerdo a la demanda y ella no podía garantizarme que ese día pasaría. Me pareció completamente absurdo que en un país como Rusia, una de las grandes potencias mundiales, el sistema de transporte fuera de tal arbitrariedad, y se lo dije, pero prefirió no entenderme esta vez. En sus ojos celestes, repentinamente endurecidos, leí claramente que ya había hecho suficiente por mí, ahora era yo quien debía tomar las decisiones. Pensé que no tenía muchas alternativas, la única –quizás- sería esperar  pacientemente a ver si tenía suerte de que ese día corriera el tren de mediodía. La ventaja era que podría controlar los trenes que viniesen desde Moscú (no sabía tampoco cuántos más habría en el día) y ver si a mi mujer se le había ocurrido, finalmente, hacer el viaje en lugar de esperar en la estación central.

Frente al andén, a unos treinta metros  de la caseta donde reinaba la rubia de ojos celestes que me había despachado con pocos miramientos, había un banco de hierro forjado. Me senté.

 

Las horas pasaban, y el paisaje se había tornado inmóvil. En el banco de hierro, bajo la galería del andén, continuaba sentado a la espera de que un tren con dirección a Moscú me ofreciera la posibilidad –cada vez más remota, presentía a medida que pasaba el rato- de reencontrarme con mi mujer, que se había quedado allí, intentando enterarse algo más acerca de unas ruinas a las que, de todos modos,  ya no visitaríamos. Lentamente, la sombra de la galería y sus columnas cambiaba de orientación y se estiraba hacia el andén opuesto, única seña perceptible del paso del tiempo. Pensé en Graciela, pensé en cómo habría reaccionado ella –como yo- al percatarse de la absurda situación en la que habíamos quedado. Pensé en su desesperación, quizás, ante la comprobación de que no teníamos más instrumento que el azar para el encuentro.

Había una familia de gatos guarecida en algún rincón del edificio, porque cada tanto se veía a alguno rondar en busca de los posibles desperdicios de los pasajeros, aunque –a decir verdad- casi no había más pasajeros que yo en la estación; había llegado un tren desde Moscú, pero en él no estaba Graciela (de lo contrario, me hubiese visto sentado en el banco solitario del andén), se había bajado una mujer acompañada con un niño al que llevaba de la mano, con una bolsa de plástico en la otra; la mujer desapareció rápidamente por la puerta de la galería que daba al pequeño edificio de la estación y comunicaba, seguramente, con el resto del pueblo. Eso había sido todo, y según mi reloj ya se acercaba el mediodía. Y la chica de la taquilla, que seguía allá en su caseta, sin haberse movido en toda la mañana, impávida ante la inmovilidad de las cosas y tan aburrida, sin duda, como yo mismo.

Cambiaba de posición en el banco. Por momentos me ponía de pie, daba dos o tres vueltas circulares alrededor del asiento. Volvía a sentarme. Eso era todo. Cada tanto, echaba un vistazo a la muchacha rubia. En alguna de esas ocasiones, me crucé con la mirada de ella. ¿Qué pensaría sobre aquel extranjero confuso que había bajado del tren aquella mañana y  permanecía horas después sin tomar ninguna decisión? Al menos, me dije, el imaginar las circunstancias que podrían haber causado mi inesperada presencia le estarían dando algún motivo de entretenimiento, romperían la habitual rutina de sus pensamientos. Pero cuando los dos pares de ojos se encontraban, ella rehuía la mirada de inmediato, como ignorándome. Seguía pasando el tiempo, lento y trabajoso, y nada ocurría.

Ya había perdido la esperanza del tren del mediodía, sólo me quedaba juntar paciencia y esperar al nocturno, que la chica me había asegurado que –ese sí- pasaba a diario. Empecé a sentir hambre, además del sueño que acumulaba desde la noche anterior, así que resolví volver a la taquilla para preguntarle a la muchacha dónde podía comer algo en aquel poblado. Cuando esperaba ya otra respuesta evasiva, la chica me sorprendió  ensayando para mí su primera sonrisa de una mañana que –al fin de cuentas- habíamos pasado juntos. Tras su precario inglés, entendí que estaba por terminar el turno y que ella misma me llevaría a comer. Y así fue: regresé al banco de hierro, y unos pocos minutos después, luego de cerrar la caseta, me invitó a seguirla.

Más sorpresas todavía: me llevó a su casa. Vivía sola en un pequeño piso de un barrio de bloques bajos, cerca de allí. Los edificios estaban rodeados por un parque con coníferas, y por la única ventana entraba un agradable olor a resina y pinotea. Ella misma preparó huevos revueltos con papas y abrió una botella de un vino tinto muy suave. Aunque hablábamos poco, se extendió lentamente entre nosotros un entendimiento casi mágico, y cuando nos sentamos a la mesa extendí el brazo derecho y puse mi mano sobre la suya. No la quitó: por el contrario, me inundó con una mirada radiante. Era como un hada que hubiese llegado hasta mí en el momento más necesario.

Puede decirse que todo lo que vino después era previsible, pero lo malo es que no puedo asegurar hasta dónde ocurrió algo después. Terminado el almuerzo, fuimos al dormitorio y nos recostamos en la cama abrazados con ternura, pero en algún momento el cansancio acumulado, ayudado por los vasos de vino que había bebido,  me venció y me quedé dormido con la cabeza sobre los semicírculos de su pecho.

 

Me despertó cariñosamente cuando ya la luz lunar penetraba por la única ventana. Era hora –entendí- de regresar a la estación si quería llegar a tiempo al tren nocturno que me llevaría de regreso a Moscú. Bostecé tratando de fijar los recuerdos, pero era demasiado para mí en ese momento, y me conformé con la dulce sensación de haber vivido algo de lo que –paradójicamente- me acordaría todo el resto de mi vida, aunque no estuviera seguro de qué. Ella también salía, así que fuimos juntos hasta la calle, pero me señaló con una mano la estación ferroviaria, se despidió con un beso tierno envolviéndome de nuevo en el calor luminoso de su mirada celeste, y se marchó en otra dirección.

El banco de hierro forjado seguía allí, aunque no volví a ver ninguno de los gatos que rondaban por la mañana. Llegó el tren, rechinaron los frenos sobre los rieles, descendió el revisor y subí. Gente sentada y en silencio, de vuelta de su trabajo, se bamboleaba insensiblemente al compás del traqueteo. En la estación de Moscú todavía daban vueltas muchas personas, aunque empezaba a notarse esa hora en la que cobran presencia los mendigos arrumbados en los rincones.

Entonces, por primera vez en las últimas quince horas, palpé el manojo de llaves que llevaba en el bolsillo, buscando con automatismo la que me abriría las puertas del hotel donde estaba mi esposa esperándome. Y fue cuando comprendí que nunca llegaría de regreso a ese lugar, del que no tenía más referencias que el pasillo de recepción de una sobria y elegante casona del siglo XIX y la cama blanda de una habitación en la que una vez había dormitado junto a Graciela. Un hotel incógnito en el que habían quedado todas las pertenencias que atesoraba aquí, en este Moscú tan extranjero: mi ropa, el billete de vuelta, la mujer con la que había compartido la vida en los últimos veinte años.

Pasé por todos los estados que puedan imaginarse: la desesperación primero, la angustia al borde del llanto, la reflexión tratando de hacer una luz en mi mente para replantarme todo desde un principio. La esperanza, también, de que todo fuese un sueño del que en algún momento despertaría: ¿pero en dónde y en qué momento del itinerario de aquel día? ¿O quizás –mejor todavía- en mi aburrido pueblito mediterráneo? Al fin la resignación, blanda y  aguachentosa. No sé que hice más tarde, no  tiene ninguna importancia y por eso me olvido: quizás anduve sin rumbo, quizás intenté reconstruir algún paso, quizás encontré la discoteca pero no puede llegar más atrás. Me preparaba, mentalmente, para el resto de mi vida.

En algún momento de la madrugada –ya era mi segunda madrugada en Moscú- subí a un metro en el que ya circulaban apenas media docena de transeúntes semidormidos y alguna pareja adolescente que todavía conversaba animadamente. Debo haber soltado alguna puteada en voz alta, tal vez quejándome de mi destino, porque desde un asiento cercano se acercó uno de los viajeros. Era argentino, como yo: en medio de tanto desconcierto, resultaba consolador encontrarme con uno que hablaba mi mismo idioma. Hablamos, no sé de qué, pero mucho. En una de las estaciones él anunció que se bajaba, y yo decidí que también lo haría. Qué mas daba aquí o allá.

- Bueno, ahora veré adónde voy- comenté después de que el vagón cerró las puertas y ambos comenzamos a ascender las escaleras hacia la calle.

-Pues no hay aquí muchos sitios dónde ir a esta hora- me recordó mi espontáneo amigo. Estábamos en alguna calle de Moscú: hacía esquina una plazoleta adoquinada rodeada de pivotes de hierro, por enfrente de la boca del metro donde otra vez ascendíamos al mundo, y más allá se perdía la calle silenciosa  cercada de edificios color de óxido. Todavía no amanecía.

En el último peldaño, antes de salir totalmente a la superficie, se detuvo y me habló, aunque no sé de qué porque yo mismo estaba ya sumido en mis propios pensamientos. Demoraba su partida, estaba claro, en un amago de solidaridad con ese desconocido con el que, sin embargo, compartía un idioma y tal vez alguna nostalgia. Ese desconocido era yo. Y yo le agradecía el gesto, sin necesidad de decirlo. Ningún gesto es inútil, no: aunque no sirva para nada.

Pero al fin ya no hubo más. Mi amigo me extendió la mano, un gesto tan propio de la formalidad argentina. Se la estreché intentando poner calor en aquel acto, pero estrecharse las manos es una forma tan desapegada de saludo que ninguno de los dos debió haberse dado cuenta. Me deseó suerte y se fue cruzando la plaza hasta que su silueta se perdió tras la esquina.

Hacía frío, pero no tanto como uno pudiera imaginarse que hace en Moscú. Claro que era verano. Por reflejo, me subí el cuello del abrigo, metí las manos en los bolsillos y apreté el manojo de llaves, un manojo inútil de llaves que abrían – la mayoría- puertas ahora muy lejanas, y una de ellas una puerta probablemente cercana, pero de todos modos inalcanzable.

Caminé dos pasos hacia la plaza. Después me detuve y miré alrededor las calles vacías, el aire seco y limpio sin una sombra de bruma o neblina: los edificios que obligaban a las calles a no desviarse de su destino. Quizás no hacía falta más que eso: echarse a andar por cualquiera de ellas.

Y ahora, ¿adónde iba?

 

 

LA MIRADA DE AQUEL PEZ DE ENTONCES

Ensayo final del libro "Libreta de Apuntes" (2004), publicado en el número 1 de la revista cultural "Ballix" de Vélez-Málaga

 

En los comienzos de la adolescencia (supongo que en primer año de la secundaria), algún profesor nos dijo que según los estudios zoológicos, el aparato visual de los peces hacía que vieran las cosas sólo en dos dimensiones. De aquella observación, y de las largas noches de fin de semana que pasaba con mis mejores amigos no bailando sino discutiendo los temas mas inverosímiles, me llega el recuerdo de una recurrente pregunta que con los años, fui convirtiendo en el símbolo de todas mis preocupaciones intelectuales posteriores. “Si el pez ve el mundo en dos dimensiones -nos preguntábamos- y el hombre en tres: ¿cómo es el mundo real, de dos o de tres dimensiones?”
Estoy seguro que aquellos amigos que andan todavía por allí -en diversos lugares del mundo de tres dimensiones- recordarán aquel latiguillo por donde solían comenzar tantas noches de aquella época. Entre otras cosas, porque es la mejor época de la vida y las cosas que se dicen y se hacen entonces, ya no se olvidan.
Como ocurre también por esas edades, en poco tiempo de la duda pasamos a la certeza absoluta, lo que nos convirtió en irreconciliables (tal vez por eso ya hablábamos menos y bailábamos más): unos habíamos adoptado sin fisuras el marxismo escolar de Politzer, con su ingenuo realismo; otros, una suerte de solipsismo berkeliano. Izquierda y derecha, según el simplificado esquema de pensamiento que también es propio de la edad. Izquierda y derecha que por aquella década de los setenta, se empapó con toda rapidez y violencia de su significado más netamente político. Y que -también hay que decirlo- bloqueó en gran medida con su aparente dicotomía entre acción y contemplación, el que pudiésemos seguir debatiendo con la libertad y entusiasmo “deportivo” (hoy le llamaría “artístico”) de aquellas primeras épocas.

Hombres y peces
No tengo ninguna intención en parafrasear aquí las distintas filosofías que cruzan la historia: ni quiero ni puedo, porque en ese campo, como en tantos otros, soy un mero curioso. Pero nunca me he podido conformar con la idea aparentemente obvia de que el hombre es un animal evolucionado que va dando tanteos y conociendo -descubriendo- poco a poco una realidad que ya está allí, a la que sólo hace falta ir quitando sus velos. Velos que quita de un modo el hombre, con sus instrumentos de conocimiento (sobre todo, y como punto de partida, sus sentidos); y a su modo el pez (con otros instrumentos que le dan otra visión, otra interpretación, o como se la quiera llamar).
Aquí se abre una polémica muy de moda sobre todo con el auge del ecologismo, el naturalismo y todo eso, y que siempre me ha parecido completamente fuera de sitio. Partiendo de la (posible) constatación de los diferentes instrumentos de conocimiento del hombre o de cada especie animal (o vegetal, ¿por qué no?), habría quienes sostienen que son los instrumentos del hombre los que valen y los otros son, simplemente, incompletos o deficientes. Contra ese modo de razonar, se alzan las voces indignadas de quienes equiparan unos y otros: por qué el ser humano tendría que ser mejor que el oso, se preguntan, todos tienen su lenguaje, su percepción propia, su dignidad, y tal vez algún día comprendamos que los delfines eran la especie superior... Esta última respuesta, más a la moda y políticamente correcta en los tiempos actuales, promueve un relativismo que parte de la idea -insisto, apoyada por las evidencias del sentido común- de que tanto el hombre, como el tigre, como la musaraña, son parte de la Naturaleza, y sus diferencias son de grado, y no de categoría. Para los cultores de ese pensamiento, pensamos como antropoides antropocéntricos los que no le damos a los animales (insisto, ¿y por qué no a las plantas, también?), al menos el beneficio de la duda de que, como en aquel caso adolescente del pez, fuera el suyo y no el nuestro el “mundo real”.
El caso, y aquí lanzo la primera advertencia, es si realmente existe “el mundo real”, concebido como entidad que está, más allá de que lo conozcamos o no.
Yo empezaría por hacer una puntualización. Aunque no pondría hoy las manos en el fuego por ninguna filosofía, algo del marxismo (bueno, y de Descartes, y de tantos otros) continuó siendo para mí una certeza, si es que de certezas puede hablarse cuando estamos reflexionando sobre los instrumentos con los cuales reconocemos -leemos- lo real. Y es que, fuesen como fuesen de buenos o no nuestros sentidos y nuestro cerebro para procesar sus datos, el hecho de ser nuestro punto de vista es el que le da centralidad, los convierte en medida de la realidad. Por empezar, si hay un “mundo real” lo compartimos peces y hombres, haciendo abstracción de la forma en que cada uno lo vea. Incluso, lo diferente que podamos verlo alguien con “vista de lince” y un ciego. En segundo lugar, si para los peces -o para los delfines, los monos o los ornitorrincos- el mundo es según sus sentidos se lo muestran, ese es su mundo, y no el nuestro. Los descubrimientos de la ciencia sobre el sistema de razonamiento animal, sus supuestos sentimientos, etc, además de caer las más de las veces en el absurdo de adjudicar a los animales criterios humanos, no hacen más que darme la razón: lo que la ciencia descubra (¿descubra? ya hablaremos de eso) no lo hace más que a través del punto de vista humano, de los sentidos humanos y de la reflexión humana.
Yo no sé si un delfín puede reflexionar y descubrir, no ya el comportamiento de los humanos, sino siquiera las razones de sus propios comportamientos instintivos. Y si eventualmente lo hace, es obvio que no tenemos forma de enterarnos.

¿Descubrimiento o creación?
¿Existe “la realidad”? Volvamos por un segundo al punto de partida. La pregunta, más compleja de lo que parece, es si el todo es una entidad que está allí, no importa si con o sin límites, a la que vamos conociendo y descubriendo a medida que avanza el desarrollo de nuestros instrumentos de percepción (incluida la ciencia: una prolongación de nuestros sentidos). Mi conclusión provisoria, -como toda conclusión que se precie- es que no. Nada es concebible si no es desde el “molde” (por decirlo de algún modo) que le impone nuestra percepción. Nuestra percepción (pongamos por caso: las tres dimensiones de aquella primera discusión) da forma a las cosas. Y avanzo más, sin profundizar porque ya lo han hecho muy bien otros más idóneos (al menos desde Kant hasta aquí): el molde que damos a la realidad es nuestro lenguaje. Por eso, para la religión, en el Principio fue el Verbo: el origen de todo lo creado. Sólo que la Biblia identifica al Verbo no como nosotros lo concebiríamos hoy, sino lisa y llanamente como el dios. Y esa percepción, lenguaje, molde o conciencia, como se lo quiera denominar, es una entidad que, siendo humana, está al mismo tiempo fuera del hombre como integrante de la naturaleza.
No tengo claro si los marxistas aceptarían que otra de mis convicciones esenciales sale de esa filosofía (o de Hegel, bueno). Aunque esta forma de presentarlo sea una enorme simplificación, sin embargo creo que da una idea de lo que quiero decir: la naturaleza (esto es, todo lo que es, incluído el hombre que percibe) sería la tesis; el hombre (concebido como mirada, como conciencia) la antítesis, y por fin, la realidad la síntesis. No se habla aquí de una causa más otra causa que da como resultado un tercer elemento, ni de una reacción combinatoria a la manera de la química. Se trata de que las tres configuran una unidad indivisible. Y fuera de esa tríada que, como la trinidad cristiana es Uno y Tres, no existe nada, nada posible de ser percibido, leído por la conciencia, y por lo tanto, dicho con todas las letras: NADA.
“¡Absurdo!”, me dicen, “el hombre es parte de la naturaleza”. Nadie lo duda: por eso, la mirada del hombre es capaz de ver al hombre como un elemento más de la naturaleza y por tanto incorporarlo a la realidad. No es un juego de palabras: lo más difícil para nuestro pensamiento educado en un burdo realismo aristotélico, es separar al hombre considerado como una especie más de la naturaleza, del punto de vista humano, la conciencia (hago la importante salvedad de que este término, que también podría denominar mirada, o percepción, o de otros modos, es un concepto aproximatorio: los filósofos inventan nuevos términos cuando tienen que expresar una idea que no cabe exactamente en ninguna palabra preexistente; pero yo ni soy filósofo ni quiero complicar aún más este berenjenal en el que me he metido a pesar mío).
La conciencia está en el hombre, pero es al mismo tiempo algo que se pone fuera -metafísicamente hablando- y es capaz de crear, como lectura de la naturaleza, lo que llamamos realidad. Digo crear, desde el sitio del conocimiento (de la percepción, de la mirada), que es el único posible, el único que existe y da vida a todo, incluso al propio conocimiento. Así como el hombre crea y recrea la realidad (esas dos palabras sí son marxismo puro), se crea y recrea a sí mismo (no sé si con esas palabras, pero esto último también es de la misma escuela). Por lo tanto, extremando la reflexión, la realidad no existe, ni el hombre, fuera del hombre; lo que no quiere decir -como sugería el idealismo filosófico- que si estamos de espaldas no nos matará el coche que viene a nuestro encuentro cuando cruzamos la calle.
Mi convicción es que el hombre (la mirada, el conocimiento a través del uso del lenguaje que nombra y por tanto da existencia a las cosas) no descubre el mundo real, sino que lo crea. Lo que hacemos, es leer en el mundo, pero al mismo tiempo, leemos un libro que vamos escribiendo, que nadie ha escrito antes de nuestra mirada, aunque nuestra reflexión -es decir: nuestra mirada- haya llegado a la inobjetable conclusión de que el mundo ya existía antes de que siquiera se sospechara la casualidad que daría aparición a la especie humana. Podemos contar cómo era el universo antes del hombre, sólo porque el hombre existe y ha desarrollado unos instrumentos para leer la realidad. Y ha generado una conciencia del mundo, del ser y de lo real. Sin esa conciencia, antes de esa conciencia, nada existe. Por eso, aunque sea una provocación, suelo decir que antes de Galileo, el sol giraba efectivamente alrededor de la tierra.
En el fondo, se dirá, la idea de que “la realidad” no existe si no es creada por la conciencia, no es más que un acto de fe. Efectivamente: toda convicción intermedia, que intente conciliar la radicalidad de esa enunciación, conduce a dios. Si hay una mirada -por lo tanto, una realidad- ajena y más abarcadora que la mirada del hombre (o que la del pez, o que la del oso, o que la del ornitorrinco); si hay un punto de vista superior al nuestro, sólo puede ser el de un dios. Si consideramos a nuestro punto de vista limitado, será porque admitimos que existe otro sin límites (que desde luego, tampoco será el del pez ni el del ornitorrinco): esa ilusión que nos ayuda a creer que hay una realidad estructurada y sólida a la que algún día podremos conocer por completo, es también una creación humana y se llama, genéricamente, Dios.

¿Cuál es el lugar del arte?
De todas las artes, siempre me reconocí como un neófito absoluto en materia de pintura. (Digresión: eso no quiere decir que acuda al ridículo criterio de que lo que importa en pintura es “que te guste o no te guste”, esas son maneras de esquivar el bulto de los que prefieren las cosas como te las dan antes de que reflexionar sobre ellas). Sin embargo, y curiosamente, el primer chispazo que encendió las reflexiones que siempre me ocuparon respecto al arte, fue la pintura; eso sí: con la mediación de la literatura. Fue aquella escena de la visita al museo en “La náusea”, donde Sartre me iluminó sobre algo más que obvio: los cuadros no son una representación mejor o peor, más o menos sofisticada, de la realidad; son colores distribuidos en un plano. Por lo tanto, poco importa si esa distribución representa los extraños cuadrados de Mondrian o la Anunciación del arcángel Gabriel. (Luego vendrían la pipa de Magritte, y muchos otros ejemplos de reflexión artística sobre el propio arte)
A partir de allí, acepté rápidamente que la literatura es una disposición de palabras en un discurso y no una mimesis como decía Aristóteles; o la música -en este caso ya es más fácil de ver- una mera distribución de sonidos.
Lo que sigue, evidentemente sin resolver a pesar de que llevo ya al menos treinta y tantos años dándole vuelta en la cabeza, son otras tres cuestiones. ¿Qué hace que sea mejor (admitiendo la inoportunidad del término) un cuadro que otro, una poesía que otra, una sinfonía que otra? ¿Qué frontera separa al arte de otras formas creadas por el hombre, si es que existe esa frontera? ¿Cuál es la ligazón -o al menos la relación- que existe entre la obra de arte y el resto de la realidad (partiendo de la idea, creo que ya a estas alturas indiscutible, de que una obra de arte es un agregado a la realidad)?
Como cualquier otro desarrollo de la percepción humana (iba a escribir conciencia, como he preferido en el resto de este artículo, pero me doy cuenta de que en este caso parecería -sólo parecería- dejar fuera los aspectos irracionales, no concientes), la creación artística es un momento individual dentro de un fenómeno colectivo (pero lo colectivo es una abstracción, un conjunto ideal: el acto individual es el único concreto). Del mismo modo que cualquier manifestación individual de la percepción (la práctica científica, por ejemplo, o sencillamente la mera ejecución de un trabajo cualquiera) requiere un conocimiento dado, y por lo tanto un corpus previo de habilidades y de teorías, la creación artística, por espontánea que fuera, no deja de ser histórica. Es el resultado -como cualquier otra práctica humana- de una acumulación previa, colectiva, sobre la que se asienta el gesto individual.
Si tomamos el ejemplo de la ciencia, o de una disciplina del conocimiento, veremos que esa acumulación colectiva tiene diversos grados de asentamiento: hoy la mayor parte de la humanidad con un mínimo de estudios sabe -en rigor: cree- que las partículas atómicas son la menor división posible de la materia. Pues no: hace décadas que se conocen los cuantos. Que yo no tengo una idea muy clara de lo que son, aclaro. (Tengo el defecto de la modernidad: la división tajante entre el conocimiento humanístico y el científico). Un principiante en el camino de la Física, sin embargo podría explicárnoslo sin complicaciones. Quiero decir, que mientras que hay unos conocimientos e ideas generalizadas que solemos tomar como verdaderas, existe una élite que ya conoce mucho más, y sabe que lo que está generalizado habitualmente es falso. Las ideas o los conocimientos generalizados -entronizados como verdades por esa espectacular red de formación de las conciencias que integran básicamente la escuela y los medios de comunicación- conforman el sentido común. Habrá que agregar, de paso, que se generalizan y convierten en sentido común sólo las ideas que convienen a quienes detentan el poder de esa red: en el mundo de hoy, los estados políticos como ejecutores de los intereses de la globalización capitalista.
Toda idea, conocimiento o práctica que vaya más allá de lo generalizado, está subvirtiendo, es decir, negando la legitimidad, de ese sentido común. (Eso no quiere decir que vayan a meter presos a los creadores de una nueva teoría científica: antes lo hacían, con hoguera incluída, ahora la represión directa se aplica sólo cuando lo que se subvierte es la legitimidad del sistema económico o político. Si todos creemos que la tierra es plana y caeremos al espacio vacío al llegar a un punto, tal vez sea bueno que alguien intente demostrar que es más o menos esférica; si la democracia es un sistema político pervertido y degradado, tal vez sea también bueno pensar que puede haber otros sistemas políticos mejores.) La subversión del sentido común es, en suma, el desarrollo de la realidad: la creación, como trataba de demostrar en la primera parte de este artículo, de una realidad nueva que se agrega o modifica la anterior.
¿Cuál es, entonces, la realidad -pensando en “la realidad” ya con el criterio que desarrollé antes, como una creación permanente y no como una simple lectura de algo que ya está dado de una vez y para siempre-: la del sentido común o la de la vanguardia del pensamiento? Sin duda, las dos son parte de “la realidad”, pero con la diferencia de que una visión abarca a la otra. Pensando de este modo, el límite de la percepción humana es el límite extremo de la realidad. Por ahora.
Lo mismo ocurre con el arte. No es la disputa entre la vulgaridad del gusto medio y el criterio académico lo que define el horizonte de la obra de arte, y mucho menos la intervención cada día más poderosa del mercado consumidor de arte (de pintura, literatura, música o lo que sea). Es el esfuerzo por inventar algo más de realidad, en este caso nuevas formas de creación artística (que no es una mera cuestión de originalidad, la originalidad sólo se vuelve fetiche en el mercadeo), lo que define el horizonte del arte, y por lo tanto, su realidad. Por eso, aunque una de las obras de arte que más me dejan extasiado es, por ejemplo, la anunciación de Fra Angelico que está en el museo Thyssen, no se me ocurriría ensalzar a un pintor actual que hiciera lo mismo, aunque fuese con la misma calidad. (Como siempre, la literatura suele explicar las cosas mejor que los ensayos: recomiendo leer “Pierre Menard, autor del Quijote”, de Jorge Luis Borges; después de ese cuento no se puede decir más sobre el tema). Y es que no se trata de que un cuadro sea mejor que otro: esa puede ser, en todo caso, una categoría técnica. Pero la categoría estética se mide de otro modo: por la creación de una realidad nueva. Ese es, al menos, mi criterio.

Todo por nada
¿Qué es arte y qué no lo es? Esta pregunta, muy opinable por cierto, es una vuelta de tuerca más a las reflexiones anteriores. Quedamos, creo, en que el horizonte de la realidad -del. arte, de la ciencia, del conocimiento- es el límite de la percepción. Pero esto es válido tanto para el arte como para cualquier otra cosa del mundo real. Entonces, ¿por qué es arte un cuadro que representa a una indígena de Guatemala frente a su bohío, fabricando una muñeca para el culto vudú o para venderla a los mayoristas que multiplicarán por veinte su precio en el mercado cosmopolita; y no es arte la muñeca que la pobre mujer está fabricando por cuatro perras?
Podría haber una respuesta, muy generalizada en ambientes “progresistas”: las categorías de lo artístico son mero elitismo aristocrático o mercantilismo burgués; lo que es arte y lo que no lo es, no son más que el recorte que hacen quienes detentan el poder ideológico del campo intelectual; en realidad todo es arte: la muñeca artesanal, el cuadro, un happening o hasta el gol de Maradona a los ingleses. Loable intención democratizadora de la creación artística, sin duda, pero muy poco convincente. Es que si todo es arte, arte es todo, efectivamente. Por consiguiente, si nada diferencia al arte del resto de las producciones humanas, el arte no existe. La bienintencionada respuesta no hace más que acudir al viejo refrán “muerto el perro, se acabó la rabia”.
Por mi parte, definiría al arte no sólo como una producción de realidad -que es el punto hasta el que hemos llegado anteriormente- sino que lo diferenciaría del resto de las producciones por un hecho esencial: su falta de utilidad. El arte -aunque el mercado pueda darle luego un valor económico, aún cuando el propio artista haya pensado en lo que ganará como producto de su cuadro o su novela- carece de utilidad práctica: no sirve para nada. El objetivo principal de que aquella mujer fabrique su muñeca de papel maché -sus muñecas, digamos en rigor de verdad- es el de venderla como recuerdo a los turistas. La silla que fabrica pacientemente el artesano o la que produce en enorme serie la industria mueblera, han sido pensadas para sentarse. Si esa misma muñeca estuviera siendo creada como un acto de pura expresión estética, si un objeto con forma de silla adoptara esa apariencia sólo para cumplir un objetivo que no fuera el de posar el culo, serían obras de arte. Malas o buenas, eso ya es otro cantar: pero obras de arte y no producciones con una finalidad práctica. Desde mi punto de vista, la única forma de definir lo que diferencia a la obra de arte del resto de las producciones humanas, es su gratuidad, su falta de utilidad, su carácter de objeto meramente estético. Por eso y no por otra cosa, el inodoro de Duchamps no es un artefacto para hacer caca: expuesto en su pedestal de la galería de arte, ha perdido su función original: ahora es un objeto estético. (Aunque la genial ocurrencia de Duchamps sirve al mismo tiempo para denunciar la arbitrariedad del academicismo y la tiranía de los museos). Ahora diré una herejía, para atreverme a ser coherente con este punto de vista: para mí, la arquitectura no es arte.
La producción artística, por lo tanto, no tiene más objetivo que ensanchar el horizonte de lo real, agregar elementos a la percepción y a la conciencia, de un modo puramente lúdico y gratuito. En ella se ve con claridad meridiana lo que antes decíamos de cualquier producción de la percepción y la conciencia: no descubre ni devela lo oculto de la realidad: la crea. El arte, en suma, es la máxima expresión de la realidad creada por la conciencia humana, precisamente porque es la única producción que excede la necesidad y se lanza hacia el desafío de buscar en sí misma el horizonte final de esa realidad que nunca podremos terminar de conocer, dado que cada acto de conocimiento -y el arte es por eso mismo el máximo conocimiento - la enriquece y agranda sin límite.
Pero del mismo modo que el acto de crear y recrear la realidad, tiene su punto de partida en los datos que esa realidad -en la que vivimos y que nuestra percepción lee- nos arroja, la obra de arte no sale de la nada: toma datos, elementos, incluso técnicas, preexistentes. El gran debate es: ¿refleja o al menos representa a esa realidad? No tiene por qué: una novela histórica o un caligrama de palabras arrojadas al papel como dados desde un cubilete, pueden ser arte. O no. Es el orden interior de las palabras, su disposición, su sugerencia, lo que responde. La minuciosa copia de un desnudo humano o la pintura más abstracta, pueden ser arte; podrían ser simplemente una ilustración anatómica o las pinceladas casuales de un mono. El arte crea nueva realidad, sin utilizar ninguna realidad previa como modelo: pero al nutrirse de esa realidad previa, no tiene más remedio que depender de ella. En suma: el arte no necesita referente, pero sin referente el arte no es posible. Una vez más, la mirada humana es la creadora.



Al cabo de casi cuatro décadas, puedo al fin regresar al punto de partida un poco como Sócrates: con nuevas preguntas entre las manos. Ya estoy en condiciones de describir el pez de aquellas largas charlas de madrugada adolescente: puedo pintarlo, puedo admitir que ve la realidad en sólo dos planos, puedo imaginarlo saltando de piedra en piedra contra la corriente. Pero ahora comprendo también que ha llegado la hora de admitir nuestra intemperie absoluta frente al verdadero desafío: el de utilizar lo que hemos llegado a ser y a sernos, nuestra conciencia, nuestra mirada, nuestras manos, para crear un pez nuevo.